viernes, 28 de mayo de 2010

X

Hay que reconocer que los xenoformos tenían algo que me gustaba. Su sociedad no era esa corrupción de codicia controlada por la testosterona de algunos individuos. Era algo frío, calculado, carente de emociones, y eficaz. Lo supe más tarde, pero lo intuí al ver el cariz que estaba tomando la negociación con los rebeldes... bueno, si se puede llamar negociación a responder preguntas mientras te encañonan con un arma y te hablan en un extraño acento en ocasiones difícil de comprender.

Tardamos pocas horas en llegar al desfiladero, y tal y como imaginábamos, era una encerrona. No tardaron ni cinco minutos en atraparnos una vez nos internamos en el mismo. Ni Richter ni yo éramos estúpidos por eso dejamos las armas poco antes de penetrar entre aquellas afiladas paredes. Nos vendaron los ojos y nos llevaron a ciegas durante un tiempo que no puedo determinar, pero que me parecieron siglos, sin decir ni una sóla palabra. Conmigo tuvieron la delicadeza de dejarme una mano libre. La niña, iba ahora andando y no se separaba de mí agarrada a mi mano. Cualquiera pensaría que buscaba mi protección o algo así, pero lo que yo sentía realmente es que me guiaba para que no me tropezara. Imaginación o realidad, lo cierto es que mientras escuché a Richter jurar en su alemán nativo vez que tropezaba, gracias a mi pequeño lazarillo, no tuve ningún problema.

Finalmente el suelo irregular de Böhr dejó paso a una superficie suave. Escuché el rechinar de una pesada puerta, probablemente de metal, primero al abrirse delante de mí, después al cerrarse acompasada esta vez del ruido de una cerradura. A continuación me obligaron a sentarme y me ataron las manos a la espalda separándome de la niña que comenzó a llorar para finalmente quitarme la venda de los ojos.

Una luz muy fuerte me apuntaba a la cara. Mejor dicho, nos apuntaba. A mi lado, en idéntica posición , y con las manos atadas a la espalda, estaba Richter.

No se cuantas veces respondimos que habíamos venido solos. Muy pocas menos de las que dijimos donde estaba nuestro campamento. Al principio, cuando Richter confesó la localización exacta a la primera, pensé que aquel hijo de puta nos había vendido por algo de seguridad. Tras pensarlo dos veces, me di cuenta de que no había alternativa. Con Achrelon convertido en una nube de vapor y sin ningún sitio a donde ir, la opción pasaba por llegar a un acuerdo con los que hasta hace poco considerábamos enemigos o simplemente sentarse a morir de inanición.

Nuestro interlocutor, se hacía llamar Savior y parecía tener cierto rango a juzgar por la forma en el que el resto de su tropa, un centenar de soldados mal equipados, le trataban. Me sorprendió pensar que nuestros andrajosos anfritriones hubieran tenido en jaque tantos años a la flor y nata de la infantería colonial.

- Cuantos habeis venido.- volvió a preguntar.
- Escucha, capullo- dije con todo el orgullo que me quedaba.- Si quieres te digo que tenemos una puta división con nosotros. Puedes enviar un escuadrón a buscarla o bien puedes enviar esa misma patrulla para comprobar que las imágenes que grabé son reales y que vuestra base, ciudad, o como coño lo llameis se ha convertido en una gigantesca escombrera. Mientras, lo que queda de tu gente sigue pudriéndose, si es que algo se pudre en esta roca a la que llamais hogar, así que puedes hacer dos cosas. O nos matas de una vez, o nos crees.-

Nuestro anfritrión se quedó callado durante unos interminables segundos. Durante ese intervalo, me dio tiempo de sobra a pensar que tal vez no había sido una buena idea hablarle en ese tono a nuestros captores.

- ¿Grabaste tú las imágenes?.-
- Si.- respondí
- Así que sois tropas de asalto orbital.-
- Sólo yo.- dije de nuevo.- Ellos se supone que tenían que extrarme de territorio...- en aquel momento iba a decir enemigo, pero no me pareció prudente.- ...hostil. Luego pasó todo lo que pasó y nos vimos perdidos.-
- ¿Sabes que le hacemos a las tropas de asalto orbital?-
- Les cantais canciones al oído.- dije con sarcasmo.
- Los despellejamos.- me corrigió.
- Debe de ser por eso que somos capaces de recorrer distancias tan largas en tan poco tiempo cuando llevamos a cabo incursiones.-

Savior rio mi ocurrencia.

- Te mantenemos con vida sólo porque hemos visto en la grabación como trataste de proteger a la población civil.- dijo con el semblante serio de nuevo.
- Siempre que no me despellejen, me parecerá una razón cojonuda.-
- Eres un espía.- sentenció.
- Creeme, queda poco que espiar.-

Savior se recostó en su propia silla con los brazos entrelazados, como si estuviera decidiendo que hacer con nosotros.

- Mire.- dijo Richter.- ¿Tiene usted alguna graduación por la que me pueda dirigir?
- Comandante.- contestó.
- Comandante Savior. Veo que es usted desconfiado y tenaz. No se lo reprocho. Si fuera yo el que estuviera ahí, sospecharía también. El problema es que se nos acaba el tiempo. Mi escuadra lleva cinco días en el mismo lugar. No hemos vuelto a ver ningún fenómeno extraño desde el día de la grabación, pero los dos somos militares y sabemos por qué. Tras el ataque, están consolidando posiciones. El siguiente paso será...-
-Aniquilar las bolsas de resistencia.- continuó Savior.
- Se nos acaba el tiempo.- sentenció Richter

Nuevamente, Savior volvió a recostarse pensativo en la silla.

- Muy bien. Esto es lo que haremos.- dijo dirigiéndose a Richter.- Les dirá que se dirijan al mismo desfiladero donde les capturamos, por parejas. Habrá un escuadrón de los nuestros esperándolos, pero sólo verán a uno de ellos. Le dejarán las armas. Luego veremos que hacemos con ustedes.-

- No vendrán en esas condiciones.- dijo Richter tajante.
- Entonces no hay acuerdo.-

Richter me miró en busca de consejo y yo le devolví la mirada asintiendo. No teníamos muchas más opciones, la verdad.

- Está bien.- dijo Richter finalmente.

miércoles, 21 de abril de 2010

IX

Una vez, conocí a un tipo que me habló de una misión a la que había estado asignado. Hace tiempo que olvidé su nombre, así que le llamaré Lee. En aquellos tiempos, las principales amenazas, además de los movimientos políticos que tenían lugar en remotas colonias, estaba en la piratería. Gente que, tras un motín, disponía de una nave espacial y tenía que buscarse la vida para no morir de inanición en el espacio profundo. He de reconocer que en mi juventud, todos teníamos una visión romántica e idealizada de aquellos forajidos que vivían al margen de las reglas sociales. La realidad, era muy diferente. Por lo general, aquellas personas estaban tan hambrientas y desesperadas que se atrevían incluso a realizar asaltos a convoys militares. Por aquella razón, Lee, había sido asignado como parte de la escolta de una misión científica.

Esta expedición pasó a la historia porque fue la primera que se hizo a un planemo interestelar. No se mucho de ciencia, pero intentaré explicar lo que es. Todos tenemos en mente lo que es un planeta. Lo imaginamos, por lo general, más o menos cálido y orbitando en torno a una estrella. Un planemo es un objeto de masa planetaria, y cuando es interestelar es que no orbita en torno a ninguna estrella, sino que está en el medio interestelar. Por qué aquellos pirados de bata blanca querían ir allí, es una razón que nunca alcancé a entender, pero el caso es que tras varios meses de viaje, allá estaban, orbitando un pedazo de roca en medio de la oscuridad más absoluta, sin ninguna referencia de luz, calor y por lo tanto energía. Lee me contó que aquel sitio no tenía atmósfera pese a tener un tamaño parecido a La Tierra. Supongo que o habría cristalizado por el frío, o habría sido barrida por los vientos de partículas interestelares.

Escuchar la descripción de aquel lugar y de lo que debe de ser el infierno, me pareció una única cosa. Era escalofriante escuchar la descripción de aquellos acantilados, negros como sólo la ausencia de luz puede ser, recortándose contra un mar de estrellas. Como la quietud, el frío y la soledad llevaron a la locura a muchos de los integrantes de aquella expedición. El ser humano no está preparado para aceptarse a sí mismo como parte de un inconmensurable y helado universo. Cuando lo hace, escapando de la seguridad del casco de una nave, o de un lugar con amaneceres y ocasos, cuando el hombre se enfrenta al vacío, entonces duda y finalmente enloquece. Una vez un sabio alemán, creo que era filósofo cuando alemania era algo más que un extenso cementerio, dijo "Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de tí." Debe de ser difícil sostener la mirada al abismo.

Richter y su grupo habían creado un rudimentario refugio en una cueva de lava de las que abundan en la orografía de Böhr con un único guardia a la entrada. Allí estaba yo, comiéndo una lata de algo con sabor a pollo y con la niña dormida apoyada en mi pierna, sintiéndome infinitesimalmente pequeño y contemplando el abismo conforme me enteraba de lo ocurrido. El teniente me dijo que lo que había presenciado en aquel asentamiento, no había sido un hecho aislado, si no que formaba parte de un acto coordinado a escala planetaria. Achrelon, la capital de Böhr había caído en pocos minutos. La principal base militar, a donde llegaba todo el material de la tierra y que estaba blindada contra la actividad local, habían sido los últimos en dejar de emitir, con un críptico "suerte a los que quedais ahí fuera, esto se acabó".

- O sea que hay más grupos como nosotros.- dije
- Seguramente si, equipos de infiltración y operaciones especiales.- me contestó Richter con serenidad. -Tenemos que pensar en dos problemas. El primero es a corto plazo, y es evitar encontrarnos con esas criaturas. Aquí creo que estamos a salvo, Böhr tuvo una intensa actividad volcánica en el pasado y hay miles de cuevas como esta. El segundo problema, es que tenemos que empezar a pensar en cómo vamos a subsistir.-
- ¿Por qué me cuenta esto a mí, teniente?.- le pregunté
- Porque has arrastrado contigo a una chiquilla a la que no conocías a través de un entorno completamente hostil. Si existe algo de humanidad en este planeta tú mejor que nadie la representas.- dijo mirando a la niña.

Aquel halago me gustó. Jamás me habían dicho que fuera buena persona. En realidad, creo que nunca me habían dicho nada bueno hasta entonces, pero no soy buena persona y no quería que se me tomara por tal.

-Siento decepcionarle, teniente, pero estoy aquí por qué maté a un hombre.- le dije - Si yo represento la humanidad, merecemos extinguirnos.-
- Eres soldado raso, ¿no?.- dijo cambiando de tema.
- Bueno, no realmente.- le contesté.- Cuando toda mi unidad se convirtió en ceniza en la reentrada, me elevaron al rango de sargento. -
- A mí me vale. Ahora, como suboficial, ¿cuál es tu sugerencia?-
- Bueno, yo creo que si queremos sobrevivir tenemos que aprender a vivir como los locales y tal vez con los locales. Estoy seguro de que aun mantienen cierta capacidad. Estuvieron resistiendose a los designios de la Sociedad Planetaria durante casi ciento cincuenta años, cuesta pensar que por muy poderoso que haya sido el golpe, no mantengan cierta infraestructura. Almacenes de provisiones, armas, e incluso refugios. Creo que nuestra única opción es encontrar un grupo de rebeldes y unirnos a ellos si no nos cosen a tiros primero.-

La verdad es que no tenía mucha fe en las palabras que decía, pero el teniente me había tratado con cortesía y no quise decepcionarle con un "no tengo ni idea". Si Richter se dio cuenta de aquello, fingió no haberlo hecho.

- O sea, que sólo tenemos que pensar en como encontrar a los bohrianos, y decirles "eh, llevamos ciento cincuenta años arrasando vuestros asentamientos, ¿podemos vivir con vosotros?.-
- Más o menos.- respondí.
- Parece fácil.- dijo con ironía Richter.- Descansa un rato, pareces exhausto.-
- Le sugioero que intente cargar con la mitad del equipo que llevaría con una armadura de combate y con 12 kilos extra que no paran de llorar. Luego entenderá por qué tengo este aspecto.-

No se cuanto dormí, recostado al lado de la pequeña, pero me despertó jaleo que venía de la entrada de la cueva, muchas voces agitadas y ruidos de pertrechos. Me levanté de un salto y recogí mi rifle y corrí hacia la entrada de la cueva.

- ¿Qué pasa?.- pregunté a una soldado que venía en dirección contraria y a la que no había visto antes.
- Hemos establecido una línea de comunicación con un destacamento rebelde que está aislado de su base, perdón, tengo que ir a por baterías extras, el enlace por satélite está casi sin potencia.- se excusó.

Corrí hacia la entrada de la cueva sin darme cuenta de que aun llevaba el rifle. Cuando llegué, salí al aire libre. Era de noche. Allí estaba el teniente con un dos soldados mucho más fornidos que yo, ambos con insignias de sargento. Los tres estaban junto a una pequeña antena parabólica que apuntaba al cielo estrellado. Richter hablaba por su intercomunicador, seguramente lo había enlazado con el sistema de comunicaciones por satélite.

- ...Se lo estoy diciendo, la Sociedad Planetaria no ha tenido nada que ver. No salgan al descubierto, corren un inmenso riesgo.-
- ¿Qué ocurre?.- pregunté a uno de los sargentos, un nubio inmenso con la piel negra como la noche y que tenía pinta de estar controlando el enlace de satélite.
- Hace una hora conseguimos enlazar por un canal abierto con un grupo rebelde.- dijo. - Están desconcertados y nos echan la culpa. El teniente está intentando convencerles de que... -
- ¿Se pueden enviar archivos por ese canal de comunicaciones?.- pregunté.
- Si, pero la velocidad es algo lenta.- me contestó.

Tiré de la manga al teniente que me hizo un gesto queriendo decir "ahora no", así que insistí.

-...un momento por favor.- dijo antes de volverse hacia a mí y tapar el micrófono con la mano. -¡Qué cojones quiere, sargento!.-

Estaba cabreado de veras y me habló con rudeza, pero me había llamado sargento, así que algo de reconocimiento había en su voz.

- Tengo pruebas. Tengo la grabación de todo lo que pasó en la base rebelde, podemos enviarles un fragmento y darles el resto en persona.-

Richter se volvió al micro y dijo:

- Podemos enviarles una grabación que corrobora mis palabras. Además, tenemos una civil superviviente con nosotros... No, no puede ponerse para que reconozca su acento por que es una niña pequeña... Sí, se lo enviaremos por este canal y si quieren les enviaremos toda la grabación más adelante... Me parece justo, dejaremos que ustedes evalúen la grabación y si le dan veracidad, continuaremos hablando.-

Dejé a Richter hablando mientras corría gruta adentro a por el sistema de grabación y camino de la salida, seleccione un par de secuencias, concretamente aquella en la que se grababa como salía al paso de la muchedumbre advirtiéndoles y en la que se derrumbaba el muro sobre mí. Al llegar a la salida, ya lo tenía todo listo.

- Aquí está.- le dije al sargento nubio.
- Lo estamos enviando, Teniente.- dijo al poco tiempo.

En la pantalla se veía la secuencia que había seleccionado conforme se iba volcando al enlace.

- ¿Eres tú? Te has cargado una armadura de combate, eso es una pasta.- dijo con una blanca sonrisa que contrastaba con su piel.
- Esperaré a que me pasen la factura.- contesté.

Durante un rato, nos quedamos todos alrededor del enlace de satélite. En ese momento, prácticamente no había nadie en la cueva y todos estaban espectantes a lo que vomitara aquel cacharro. De repente, Richter nos hizo una señal con una mano para que nos calláramos mientras con la otra apretaba el auricular contra su oido.

- Sí... No... No, no podemos desplazarnos sin armas hasta su posición, seríamos una presa demasiado fácil... de acuerdo... de acuerdo... allí nos veremos.-

Richter cerró la comunicación dejando escapar un suspiro.

- Han accedido a establecer contacto.- dijo finalmente.
- Sargento N'Guema, organice las guardias.- ordenó al sargento que había manipulado el enlace.
- Venga conmigo, sargento.- me dijo a mí al tiempo que se introducía en la cueva.

Le seguí de vuelta al interior de la gruta.

- Esperemos que tu plan de resultado.- me dijo.- Vamos a ponernos en sus manos.-

Richter hacía un uso más que correcto en el tratamiento. Me había tratado con deferencia delante del resto del personal y había vuelto a un trato más coloquial en privado. Apostaría a que lo hacía con todos, lo que le permitía mantener una actitud autoritaria de cara al resto de soldados, pero un trato amable con todo el mundo en particular que fomentaba los lazos afectivos. Un tipo listo.

Al llegar al final de la galería, desplegó un mapa holográfico del tamaño de una cartera. Una imagen tridimensional se proyecto mostrando un montón de riscos y valles secos.

- La cueva está al pie de esta montaña.- dijo señalando un pico rojo a un par de metros de mí. - Y quieren que nos encontremos aquí.- dijo señalando la mitad de un desfiladero en el otro extremo de la oquedad en la que estábamos.
- Parece una trampa.- dije.
- Lo es. Es una auténtica ratonera. Jamás enviaría a los soldados ahí.-
- Pero les ha dicho que vamos a ir a su encuentro.-
- Creo recordar que dije que habían accedido a establecer contacto. Iré yo sólo con la niña.- dijo.- Quieren hacerse cargo de ella.-
- Entonces también voy yo.- dije.

Richter rio entredientes con autosatisfacción.

- Sabía que lo diría. Ya le dije que tenía usted humanidad, sargento.-

miércoles, 17 de marzo de 2010

Mil perdones!!!!

Perdonad los que seguís el blog. Ya se que no tengo perdón de dios, pero he estado exhausto (aún lo estoy) con el proyecto que tengo en el curro y cuando llegaba a casa, lo último que me apetecía era ponerme con el ordenador.

Espero retomar el relato con más asiduidad ahora que estamos cerca de la entrega.

Gracias por vuestra comprensión.

VIII

Me costó llegar al sitio donde había dejado mis pertrechos. No contaba con la movilidad con la que me asistía la armadura y llevaba una criatura a la espalda. Era yo contra la gravedad de Böhr sin más compañía que los llantos desesperados de aquella niña que, según me parecía, tenía hambre.

Hambre, o frío. No lo sabía. Era capaz de demontar un rifle de asalto orbital con los ojos vendados pero no tenía ni idea de como manejarme con una criatura. ¿Para qué iba a preocuparme de mantenerme oculto? Cualquier cosa de aquellas que estuviera por las cercanías habría sido alertada por aquel lloro que me taladraba los oídos.

Cuando por fin llegué, saqué un envase de fruta seca que la niña devoró casi arrancándomelo de las manos. No sabía cuanto tiempo había estado inconsciente bajo la armadura, pero llevaba casi 48 horas sin dormir y sentía entumecidos los músculos del cansancio, así que resolví que no iba a ir más lejos sin descansar. Desplegué el refugio de camuflaje e inmediatamente, al igual que los camaleones, adoptó un mosaico aleatorio de colores que se mimetizaba en el entorno. Allí estaríamos seguros siempre y cuando cierto individuo no empezara a berrear. No había terminado de desplegar del todo la tienda cuando sentí una manita tirándome de los pantalones. Me dí la vuelta y la vi, con la mano extendida y diciendo algo que seguramente sería una forma aproximada de decir "más".

- Así que no contenta con delatar nuestra posición, pretendes comerte mis provisiones, demonio pequeño.- dije. Era inútil. Era demasiado pequeña para enterme a mí, cuanto más mi sarcasmo.

Le dí una tableta de chocolate de ese que nos dan para poder confraternizar con los locales. Dos minutos más tarde ya había dado buena cuenta de ella. Tenía un aspecto lamentable, con la cara sucia de hollín, la boca llena de chocolate, pero parecía satisfecha. Se empezó a frotar los ojos y supuse que era hora de dormir para los dos, así que nos metimos en la tienda.

No se cuanto tiempo estuve durmiendo. Me despertaron unos deditos jugando con mi pelo y una indescriptible sensación de repugnancia al darme cuenta de que tanto ella como yo, estábamos mojados. Sin duda, se había orinado encima. Pensé que podría haber haber buscado entre las ruinas algo de ropa para ella . Qué iba a saber. No me quedó más remedio que improvisar un vestido con una camiseta y una suerte de pañal con vendas y compresas sanitarias. Si podían contener una hemorragia, tenía que poder contener otra meada, y por fortuna, mi botiquín estaba bien surtido. Esperaba que me sirviera para llegar hasta el punto de encuentro con el equipo de extracción. Después, ya no sería mi problema.

Levanté el campamento y lo empaqueté todo en el arnés. Sin la armadura, parecía pesar una tonelada, pero no me atreví a dejar nada atrás pensando en lo útil que había sido el botiquín de campaña o las provisiones que había dejado atrás. Dejé un hueco en la mochila para sentarla y así, con no menos de cincuenta kilos a la espalda, me puse de nuevo en marcha.

Por fortuna, esta vez la niña no se dedicó a amargarme todo el camino. Tuve que parar alguna vez para cambiar las gasas, una de ellas resultó en una experiencia repugnante que me hizo preguntarme como era posible que la humanidad siguiera reproduciéndose teniendo que soportar semejante inmundicia, pero seguimos adelante. Finalmente, tras varios días de dura marcha y casi sin gasas en el botiquín, llegamos al punto de extracción convenido. No había nadie. Era obvio. No podía esperar un comité de bienvenida. Si estaban allí, ya me habrían detectado y sólo estarían esperando a que la situación fuera segura para tomar contacto. Si no estaban... bueno, preferí desechar esa idea de inmediato. Si el equipo de extracción se había ido o se había topado con aquellas cosas, estába, mejor dicho, estábamos bien jodidos. Así que monté de nuevo el campamento dispuesto a afrontar la espera que hiciese falta. No me quedaba otra opción.

Empezaba a inquietarme la idea de que no hubiera nadie, y había empezado a limpiar el rifle de aquel condenado polvo de iridio, cuando ví como tres soldados, sin duda de la Sociedad Planetaria, asomaron sin darme cuenta por tres puntos distintos apuntándome con sus armas.

-¡Quieto!.- dijo uno de ellos.- Tire el arma.-

- ¿Qué arma gilipollas?.- le dije mientras señalaba el rifle desmontado en el suelo.

La niña se rio, con lo que deduje dos cosas; que sabía lo que era un arma, y que sabía lo que era un gilipollas. Me empezó a caer bien. Otro de los soldados soltó una risa femenina. Estupendo. Una mujer. Espero que no se malinterprete. Sólo pensaba en que las mujeres, pese a los avances tecnológicos que nos hacen viajar entre estrellas, tienen la menstruación y que debido a sus efectos secundarios en los viajes espaciales, el inhibidor de ovulación que libra les libra de los temibles días rojos en la tierra, era reemplazado por las tradicionales compresas , y eso significaba que con dos o tres, podía hacer un pañal. El instinto de protección se desarrolla rápido.

-¿Tiene algo para mí?- dijo el tercer soldado sin dejar de apuntarme. Yo sabía a que se refería. Sin el transpondedor que incluía mi armadura necesitaba garantizar de alguna forma que yo era lo que quedaba del equipo de intrusión que debía ser rescatado. No dudaría en dispararme si no le demostraba que era un soldado de la Sociedad Planetaria. Era por esos casos por los que se recurría a un mecanismo tan antiguo como eficiente. Antes de cualquier misión se memorizaba una seña y su contraseña. Aquella pregunta, "tiene algo para mí" era la seña.

- Tengo un gato en el jardín.- contesté.

Tan absurdo como eficiente. Los tres bajaron las armas al tiempo que la niña repetía en tono interrogativo "ato?".

- No niña; gato. - le corregí -No has visto nunca uno.- sentencié.

- No son formas de hablarle a una niña.- dijo la soldado.

- Nunca se acierta con lo que se le dice a una mujer.- dije con todo el sarcasmo que pude poner en la frase.

- ¿Y su armadura, soldado?.- dijo el que me había preguntado por el santo y seña.

- No espero que se crea todo lo que tengo que contarle.- contesté.

- Puede estar seguro de que le creeré. -

Así que le conté todo lo que me había pasado, incluyendo la aventura de los pañales improvisados. Respaldé mi historia con las imágenes grabadas, aunque no hubiera hecho falta a juzgar por la expresión grave que reflejaba el demblante del que, según sabía ya, era el teniente Richter. No olvidé mencionarle mi fortuito ascenso. Seguro que estaba grabado en algún registro, pero preferí recordárselo para que contasen los días a efectos de paga cuando volviéramos.

- La niña está bien.- dijo la mujer. -Un poco deshidratada, pero nada grave.-

Ya iba sabiendo cosas de aquel grupo. El teniente, parecía realmente sereno, cosa rara en un teniente de academia, que por lo general son niños de papá que juegan a los soldaditos. Se notaba que éste, lo llevaba en la sangre. Por otra parte, la mujer era sanitario, y luego estaba el soldado al que había llamado gilipollas. Visiblemente molesto a raiz de mi comentario.

- ¿Donde está el resto del escuadrón, teniente?- yo sabía que en la infantería colonial, un teniente maneja un un grupo de treinta personas, un escuadrón dividio en tres grupos de fuego, dos de ellos al mando de sargentos y el primero directamente bajo la supervisión del oficial.

- Nos cubren y protegen el perímetro. Tenemos un refugio en una cueva cercana y provisiones de sobra que tuvimos la suerte de encontrar en un poblado arrasado.- dijo.- Podemos sobrevivir una buena temporada y mientras tanto mandar los grupos de fuego a intentar avituallarse.-

- Perdone que le interrumpa teniente.- Me dirigí hacia él con la educación debida. No sólo por el rango, sino porque realmente transmitía seguridad, y eso lo hacía digno de respeto. - ¿Ha dicho sobrevivir?.-

- No habrá rescate. Ni siquiera se si queda alguien más aparte de nosotros. Ya no somos la especie dominante en este mundo.- Sentenció

domingo, 17 de enero de 2010

VII

No se cuanto tiempo estuve inconsciente, aunque sí se por qué. Al desplomarse aquella construcción sobre mí, algo muy pesado, quizás alguna viga, me había golpeado la cabeza. Joder; aquellos cascos tácticos eran condenadamente buenos. Me salvó la vida, pero no pudo evitar que tuviera una buena conmoción ni que toda la electrónica que atesoraba se fuera al carajo.

Lo primero que recuerdo, fue el sepulcral silencio que me rodeaba. Abrí los ojos y vi como la luz se filtraba por el visor de mi casco con un plomizo tono gris a traves de una buena capa de polvo resultado de la demolición que me había tumbado. Casi había llegado a familiarizarme con toda la información desplegada en mi campo de visión, pero ahora, definitivamente, la única forma de saber que me rodeaba, eran mis primitivos sentidos, lo cual hizo que me sintiera desnudo. Descubrí que sin la célula de energía que la alimenta, la armadura era sumamente pesada y me costó levantar el brazo lo suficiente como apartar la gruesa capa de cenizas que cubría mi cara.

No pude levantarme. Es difícil hacerlo cuando se está dentro de una mortaja de 150 kilos de acero, así que, con mucho esfuerzo, desplegué los sellos de mi protección a la altura de los hombros y me deslicé con si estuviera naciendo de nuevo de aquel amasijo de hierros.

El cielo seguía oscurecido por aquella especie de polvo que teñia todo de un ambiente crepuscular. A mi alrededor sólo había muerte y desolación.

Había pasado mucho tiempo desde la primera vez que había visto un cadáver con indicios de muerte violenta. En aquel tiempo yo sólo tenía catorce años. Recuerdo que le conocía. Era un camello del barrio en el vivía. Probablemente debía dinero a alguien, se había metido a trapichear en la zona de otro, o simplemente, a alguien le había gustado su reloj. A algún gorila malnacido no le había bastado con pegarle una paliza mortal, sino que además, lo habían colgado boca abajo de una farola en plena calle. No quiero detenerme en detalles escabrosos, pero me acuerdo perfectamente de que a pesar de no haber comido en veinticuatro horas, vomité. Con el tiempo, uno se acostumbra a contener el vómito, pero es difícil acostumbrarse a la visión de una muerte violenta.

...vomité. A mi alrededor no había más que cuerpos desmembrados, restos humanos carbonizados y sangre por todas partes. En aquel momento sospeché, y hoy tengo la certeza, de que a aquellas cosas no les bastaba con matar, se ensañaban en una orgíastica carnicería despedazando con la precisión de un cirugano.

Cuando fui capaz de controlarme, caí en la cuenta de que no estaba ni mucho menos seguro, y tenía claro que no quería acabar troceado como si fuera a ser entregado en fascículos. Pude desacoplar el rifle y la caja de munición de la armadura, y aunque me pareció que pesaba como un demonio, conseguí acomodarlo y cargué la cinta de munición a la espalda. No me importaba el peso. Recordé que con ese mismo rifle había hecho trizas una de esas cosas y me sentí aliviado. Aún tenía alguna protección. Mi chaleco antifragmentación estaba hecho de kevlar, una sustancia tan antigua como eficaz para los impactos y llevaba mi uniforme de camuflaje de tonos marrones salpicado de trazas de color cobalto, ideal para el entorno del desierto interior de Böhr. Recogí mi navaja del compartimento de la armadura y una mochilla militar de la espalda de un torax sin extremidades ni cabeza convencido de que a su dueño ya no le haría falta. En ese momento, sintiéndome invencible de pie en medio de aquella desolación, supe que iba a sobrevivir a todo aquello y contarlo. Lo que no sabía es que no iba a resultar sencillo.

Miré el contenido de la mochila. Dentro había algunas raciones de comida, un holomapa de las cercanías que podía reemplazar al que proyectaba mi computadora y detector de trazas energéticas, pero antes de irme, tenía que hacer una última cosa. Tenía que trepar a lo alto de la loma donde había dejado mi equipo de observación grabando. Sabía que aquellas imágenes tarde o temprano serían útiles, así que me puse en marcha y remonté la ladera de la colina por donde había descendido algunas horas antes.

Volví a vomitar al llegar al puesto de observación. Si los restos de la base eran el sueño húmedo de un psicópata, la planicie que se extendía al otro lado de la colina le habría revuelto el estómago al forense más curtido. Aunque lo he intentado, jamás he sido capaz de describir el horror de aquella carnicería. No lo haré ahora. Los civiles habían tratado de escapar en aquella dirección. Les había intentado advertir; les estaban esperando, maldita sea, pero el pánico les había empujado hacia aquella trampa. En la base, casi todos los cuerpos se intuía que eran de soldados. Aquí, estaba claro que eran inocentes. Hasta ese momento, aún albergaba la duda de si aquellas cosas habían sido desplegadas por la Sociedad Planetaria. En ese momento me di cuenta de que no podían ser humanos. Nadie, en la dilatada historia de los genocidios había hecho algo así.

Dejé caer el rifle al suelo. Me sentía incapaz de soportar su peso. Después me desplomé de rodillas y lloré. No recordaba la última vez que había llorado, ni siquiera se si lo había hecho antes. No eran lágrimas de pena, sino de odio. Odiaba a lo que fuera que hubiera hecho aquello. Debería haberme aterrorizado, quizás eso era lo que pretendían aquellas criaturas con semejante barbarie, pero en cambio, sentí aquel odio que tanto me ha marcado; un odio que jamás había sentido antes, un odio ancestral, atávico, enterrado los genes bajo miles de generaciones, el odio que surge como mecanismo de defensa ante una amenaza de la que no hay escapatoria posible salvo el enfrentamiento.

Un llanto me devolvió a la realidad. ¿Un llanto?, sí estaba seguro. Era un llanto, apenas audible, pero allí estaba. Sabía que lo había escuchado. Dejé mi autocomplacencia a un lado, me sequé las lágrimas y afiné el oído. Lo volví a escuchar. Parecía más una letanía, un murmullo, el susurro que surge tras el agotamiento. Intenté orientarme hacia él, pero la reverberación de las montañas cercanas me confundía. Recogí mi rifle con renovadas fuerzas y me interné en aquel océano de cuerpos destrozados mirando en todas direcciones.

Cegado por la desesperación de encontrar a alguien con vida, comencé a remover cuerpos sin ningún orden. Tuve varias veces nauseas y estuve a punto de volver a vomitar, pero me contube. Finalmente, vi algo moverse, casi milagrosamente entre aquella maraña de entrañas y miembros. Y allí estaba. Aparté el cadáver chamuscado de un hombre, probablemente un familiar, quizás su padre, que un desesperado intento por protegerla, la había cubierto. Era una niña de apenas 2 años, o quizás un poco más. Estaba agotada por el llanto, tenía la cara sucia y una quemadura en la pierna que no parecía revestir mucha gravedad.

No se si estaría quebrando alguna estúpida ordenanza militar en aquel momento, pero supe lo que tenía que hacer. La cogí en brazos dejando colgar mi rifle por las cintas que lo amarraban a mi torax. Estaba tan asustada que comenzó a berrear con fuerza de nuevo. Tuve que taparle la boca con fuerza. Temía que llamara la atención de no se bien que. Así, salí corriendo del lugar de la masacre hasta el puesto de observación donde recogí los instrumentos de registros con la valiosa información que había recogido y me alejé lo más deprisa que pude.

La pequeña se quedó dormida agotada por las circunstancias. Aunque la traté con la rudeza propia de alguien que nunca ha tenido un niño en brazos, no se despertó cuando la acomodé en la mochila dejando sólo su carita sucia fuera para que respirara. Así, con pocas raciones, peor equipamiento, un rifle más pesado que práctico y una criatura a la espalda, me puse en movimiento gracias al holomapa hacia el punto de encuentro con la patrulla de extracción. Era mi única esperanza. Si la misión había ido según lo previsto, el escuadrón que debía escoltarme hacia un lugar seguro tenía que estar sobre el terreno a pocos kilómetros de donde estaba yo... eso si no habían tenido otro tipo de encuentro.

viernes, 15 de enero de 2010

Una explicación...

Hola,

He pensado que es un buen momento para dejar descansar al antihéroe del relato.

En realidad, una vez que ha perdido el conocimiento, se me ocurren varias tramas paralelas para él que definirán el resto del relato

Mientras termino de definirme, os pongo un ensayo que os arrojará un poco de luz sobre lo que ha pasado, creo que eso me permitirá saltarme varios bloques y agilizar la historia un poco. De lo contrario, se volvería muy densa.

De veras que espero que esteis disfrutando con la lectura la cuarta parte de lo bien que me lo estoy pasando yo al escribirlo.

Gracias a todos los que me habeis enviado comentarios amables, mediante el correo o directamente posteando en el blog. De veras que me anima mucho a seguir.

VI

Xenoformo... palabra originada por la contracción del prefijo "Xeno" (extraño, extranjero) y el latín "Formica" (hormiga).

Hoy en día hablar de los xenoformos continúa siendo un tema de difícil trato. Las pocas comunidades supervivientes se hallan reducidas al primitivismo mas absoluto en algunos planetas férreamente controlados por divisiones enteras de Infantería Planetaria como recuerdo del terror que su nombre llegó a sembrar, y hoy la humanidad se desgarra en luchas fraticidas a lo largo y ancho de la galaxia entre tantos reinos, repúblicas, confederaciones y alianzas que solo enumerarlas ocuparía un volumen holográfico completo.

Pero no siempre fue así. El principio se remonta a los albores de la sociedad interestelar, cuando la humanidad entera se hallaba integrada en la Sociedad Planetaria, un ente político surgido en la vieja Tierra y en torno al cual giraban la totalidad de los aspectos de la vida humana en todos los sistemas colonizados. Al amparo de la Sociedad Planetaria, cientos de naves interestelares partían anualmente transportando miríadas de colonos, a los que el Sistema Solar se les había quedado pequeño, hacia sus nuevos hogares, que en ocasiones distaban tanto de su punto de partida que incluso con los potenciadores Shirkowsky (hoy pieza anticuada de museos astronáuticos) se podía tardar hasta 8 y 10 años en llegar a destino.

En contra de la creencia popular, la Sociedad Planetaria no daba a sus colonias total autonomía , más bien al contrario las mantenía fieles a la metrópoli mediante la presencia de la Infantería Colonial, germen de la actual Infantería Planetaria y que se encargaba de reprimir brotes nacionalistas propios de la situación de la época. Por ello, hablar de los tiempos de la Sociedad Planetaria en términos de felicidad y bucólica coexistencia es tan real como suponer que existió un Edén, un Adán, y una Eva.

Como se puede deducir por lo anteriormente expuesto, es una falsedad afirmar que la violencia xenofórmica sorprendió a una humanidad ingenua y desvalida como es universalmente aceptado. De ser así, la historia la habrían escrito ellos y nosotros seríamos los que habitaríamos en cavernas y vestiríamos pieles ignorantes de un pasado esplendoroso. Hoy podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la humanidad estaba preparada para la guerra, del mismo modo que lo habría estado dos millones de años antes cuando el hombre no era mas que un simio que recolectaba frutas y comía insectos gracias a su visión estereoscópica.

No; en contra de lo que se cree, el éxito inicial xenofórmico no fue su superior tecnología ni la sorpresa de su ataque, si no la propia desorganización humana fruto de la ultracentralización de la Sociedad Planetaria. Como muestra de ello sólo necesitamos mencionar que la noticia de la caída de Böhr, llegó a la Tierra dos años después de que se hubiese aplastado la última bolsa de resistencia humana.
Aunque si bien el factor que dio ventaja al principio a los xenoformos fue fundamentalmente su superior organización, lo que niveló la balanza de la guerra fue su error al subestimar la capacidad de adaptación de aquellas patéticas criaturas individualistas que vivían poco más de cien años y cuya productividad no se extendía mas allá de los sesenta, y es que un xenoformo vive una media de quinientos años (hablando en términos humanos) siendo productivo desde el mismo momento de su paso de crisálida a organismo desarrollado.

Los xenoformos se dividen en castas, al igual que las abejas, las hormigas (de ahí su nombre) o las termitas. Tienen una sociedad que podríamos calificar de piramidal, con un reina en la cúspide, a la que perfectamente se pudo haber llamado rey, pues los xenoformos son asexuados y genéticamente idénticos a su descendencia sobre la que ejercen una suerte de control mental. Este conservadurismo genético es el causante de que no halla diferenciación racial y de que la especie se halla mantenido a lo largo de millones de años si ninguna variación, por lo que su capacidad de adaptación es mucho menor que la humana. La reina controla mentalmente a toda su prole, incluido las nuevas reinas que genera. Dicho de otra forma, cada reina tiene a su vez una madre a la que es sumisa y esta otra que la controla, con lo que nos encontramos con una nueva estructura piramidal encabezada por una reina primigenia que tiene los atributos de un emperador pero cuyos súbditos son incapaces de rebelarse por que no tienen una autonomía mental absoluta. De todas formas, las reinas dejan a sus reinas hijas una parcela psíquica de independencia, lo que hace que éstas puedan tomar decisiones por su cuenta que son necesarias para el buen funcionamiento de las colonias pero que no pueden estar en desavenencia con los deseos de sus progenitoras. Por todo ello es más fácil pensar en la sociedad xenofórmica como un solo organismo cuyas células son criaturas claramente diferenciadas y que persiguen un fin común; el que les dicta la Reina Primigenia que actúa como cerebro. Por todo ello el crimen, la envidia y el castigo es algo que los xenoformos desconocen.

Hemos demostrado que las reinas son los pilares, el "sistema nervioso" de la civilización xenofórmica, la pregunta se hace obvia, ¿qué pasa cuando una reina le sobreviene la muerte?. Una vez mas, el modelo de organización es admirable. La progenie nunca queda huérfana, si no que pasa a ser controlada por la reina de generación inmediatamente anterior de forma temporal. Y digo de forma temporal por que en permanente estado larvario, cada reina tiene otra reina que se desarrolla por si a la señora de la colonia le pasa algo. Una vez desarrollada la larva, lo primero que hace es generar otra larva que toma su puesto e inmediatamente después asume el control de la comunidad.

Las reinas, como se pudo comprobar, son fabulosas guerreras, extraordinariamente violentas y sanguinarias, como lo son los soldados, que constituyen la casta inmediatamente inferior a la de la reina. Los soldados no son si no reinas estériles incapaces de procrear pero con un alto grado de iniciativa propia y físicamente mas desarrollados aunque incapaces de sublevarse, ya que están sometidos al mismo control mental que el resto de la colonia. Los soldados mas experimentados ocupan los rangos de poder mas altos solo por debajo de las reinas y los recién nacidos actúan como fuerzas de choque. Quizá se sorprenda uno con el término recién nacido, y es que los soldados abandonan su estado larvario conociendo todas las tácticas de combate y restándole solo el aprendizaje en el uso del armamento xenofórmico, mientras que un soldado humano necesita al menos dieciséis años de desarrollo físico y uno de entrenamiento para alcanzar una operatividad aceptable.

Finalmente la casta mas baja es la obrera, esclavos sin cerebro ni iniciativa y de corta pero intensa vida que se rigen por los designios de la reina y que sí son capaces de reproducirse pero solo para dar lugar a mas obreros. No obstante, se han descrito casos de comunidades aisladas sin reina ni larva consorte en las que obreros comenzaban a desovar huevos que al desarrollarse daban lugar a larvas de reinas. Hay que hacer notar que el número de obreros es directamente proporcional al de soldados, habiendo unos cien obreros por cada soldado que se encargan de la construcción y de la génesis de nutrientes para toda la colonia sin rechistar.

Es complejo describir a un xenoformo tipo. Un xenomorfo tiene seis apéndices, 4 patas y dos que actúan como brazos. Los primeros encuentros los describen como sin cabeza y con siete apéndices, 4 patas y tres actuando como brazos. Con el tiempo, se pudo comprobar que uno de los apéndices en realidad contiene terminaciones nerviosas que perciben el espectro electromagnético entre las frecuencias Ultravioleta e Infrarrojo cercano. Se sospecha que captan también frecuencias electromagnéticas en la frecuencia de microondas que usan para comunicarse entre ellos y se tiene la certeza de que son absolutamente sordos.

Los soldados miden en torno a dos metros y medio por dos de las reinas (que continuamente se hallan desovando, llegando a poner diez mil huevos diarios) mientras que los obreros no levantan mas de un metro del suelo.

La propia naturaleza de los xenoformos impide que en caso de muerte de la Reina Primigenia, la raza quede descabezada. La mencionada reina , no tiene (como mas tarde se descubrió) larva consorte, sino que en caso de fallecimiento, la reina mas anciana toma el control absoluto sobre la totalidad de la raza.

Queda así explicado el nivel de organización de los xenoformos. Lo que resulta mas difícil explicar es que sintieron los primeros soldados humanos que se enfrentaron a ellos al tener que luchar con unas criaturas físicamente superiores, disciplinadas , con superior tecnología y que del mismo modo que nunca se rendían, jamás tomaban prisioneros.

jueves, 14 de enero de 2010

V

Pensé un momento en mis compañeros incinerados durante la reentrada. No les tenía mucho aprecio. Todos ellos, incluso el sargento, habían conmutado pena por servicio y como yo, tenían algo turbio en su pasado. A mí, me daban igual. Siempre había ido por libre. Nunca quise, por ejemplo, formar parte de cualquiera de las pandillas del extraradio de Londres a donde me tuve que ir a vivir con aquella foca alcohólica a la que mi padre llamaba cariño sin amor y a la que yo, simplemente llamaba Peggy. Mi padre se suicidó, y no me sorprende ni le culpo por ello, pero me hizo una putada bien grande. Jamás supe bien las razones que le llevaron a tomar aquella decisión, pero según solía contarme mi hermana, nunca supero la muerte de mi madre.

El caso es que siempre fui a mi aire. Nunca me afilié a ninguna de las abundantes bandas de matones. Eso no quiere decir que fuera ningún santo. Me dedicaba a lo mismo que ellos, trapicheo de drogas, algún robo, e incluso llegué a controlar a un par de fulanas orientales en los buenos tiempos. Lo que me diferenciaba de aquellos esperpentos tatuados eran dos cosas. Yo no me colocaba, o al menos no estaba colocado todo el día, y no recibía órdenes de nadie.

He dicho que no apreciaba a mis compañeros, no que no los echara de menos. Por lo general, las misiones de reconocimiento (yo prefería el término intrusión), eran de cuatro miembros con funciones bien definidas. Uno encargado de la vigilancia, completamente centrado en esa tarea, otro para proteger el flanco derecho, el tercero para hacer lo propio en el flanco izquierdo y el último vigilando la retaguardia. Yo tenía que haber estado ese día vigilando la retaguardia, y nadie lo hacía por mí, lo que me hacía estar expuesto. Por supuesto, me había escondido, camuflándome con el entorno, pero cualquier patrulla nativa que me detectara, podría haberme cercado con toda la tranquilidad del mundo en la loma en la que me afanaba en grabar, registrar y etiquetar todos y cada uno de los movimientos de la base nativa que acababa de descubrir. Era un blanco fácil.

Hay que reconocer que con el tiempo no he dejado de sorprenderme de las habilidades en el camuflaje de los nativos de Böhr. El satélite había detectado trazas de energía, pero nada más, y yo tenía enfrente de mí probablemente una de las principales bases militares que los secesionistas tenían en Böhr. El truco era tan ingenioso como sencillo. La base estaba en el fondo de un valle, rodeado de escarpadas crespas. Numerosos espejos, sujetos sobre postes y dispersos por toda la instalación, reflejaban las paredes de las montañas hacia el cielo. Podía imaginarme a los nativos colcando los espejos y trabajando tranquilamente bajo ellos a salvo de las miradas de los satélites. Por otra parte, el viento corría, por algún fenómeno atmosférico que no llegué a entender, a lo largo de todo el valle, disipando el calor de los edificios. Sin duda, la conjunción del paso de una sonda orbital y que aquel viento hubiera dejado de soplar, había sido lo que había permitido detectar la traza de calor que me había llevado hasta allí.

Fue más o menos hacia el mediodía cuando todo empezó. Si se le pregunta a cualquiera que estuviera en Böhr aquel día, podrá decirle exactamente que estaba haciendo y con quien. Yo lo narraré desde mi privilegiado punto de vista.

Casi estaba pensando en retirarme hacia una posición más resguardada cuando un objeto me sobresaltó al tiempo que pasaba sobre mi cabeza. Lo que quiera que fuera, atravesó el cenit de este a oeste, dejando a su paso un ruido ensordecedor y una estela negra en como si fuera polvo en suspensión .

- Joder.- exclamé. Nunca había visto nada así.

Desde luego era un descenso y era controlado, quizás alguna cápsula con un buen ángulo de entrada. Pero había algo extraño. La estela no se disipaba como habría hecho de ser una cápsula o un meteorito. Parecía como si de algún modo, alguien con un pincel hubiera trazado una línea negra en el cielo. El segundo estruendo fue aún mayor; el tercero algo más ligero; de los demás no me acuerdo, pero se que al cabo de unos minutos, el sol se había oscurecido, oculto bajo cientos o miles de líneas oscuras en el firmamento, sumiendo el valle en una luz crepúscular mientras seguía escuchando más y más de aquellos fenómenos.

La base que estaba espiando bullía de actividad. Estaban nerviosos, y no era para menos. Al poco de que comenzara aquel fenómeno, había intentado ponerme en contacto con Nido Madre infructuosamente. Algo, probablemente de aquella ceniza en suspensión que ahora cubría todo el cielo, estaba bloqueando las comunicaciones.

En aquel momento los vi. Aun después de tanto tiempo, con mi memoria de aquellos días confundida, sigo estremeciéndome pero no acierto a describirlos. Surgieron de todas partes. No se como llegaron, tal vez transportados en aquellas cosas que seguían cruzando el cielo, rompiendo la barrera del sonido una y otra vez y contribuyendo con sus estelas negras a dejar un regero mortuorio en la bóveda celeste. Los vi. Sostenían su cuerpo cilíndrico sobre sus cuatro patas traseras. De los laterales de aquel cilindro que suponía era su cuerpo, surgían tres apéndices a modo de brazos. En total siete miembros de los cuales usaban cuatro para desplazarse y tres para sostener lo que a primera vista me pareció un instrumento musical, algo parecido a una tuba.

Yo seguía grabando. Los habitantes, perplejos retrocedían hacia el interior de la base y algunos soldados secesionistas levantaron sus armas. Fue lo último que hicieron. De la boca de las tubas (dejénme que le siga llamando así) surgió algún tipo de materia incandescente, plasma, según supe más adelante, que los vaporizó, y así levantando una y otra vez aquel instrumento de muerte, empezaron a quemar, incinerar, y destruir todo a su paso. Los soldados secesionistas, trataron de organizarse, e incluso llegaron a lanzar fuego de artillería reventando a algunas de aquellas cosas, pero aun así, continuaban avanzando entre los edificios de la base, ahora en llamas, desparramando muerte y destrucción.

Yo perplejo, asistía atónito en primera fila a aquel espectáculo sin ser capaz de dejar de registrar todo lo que sucedía. Un zumbido en mi mente me previno de que dejara de mirar por el objetivo de la grabadora y vigilara mi retaguardia. Un número ingente de aquellas cosas estaban parapetadas en la ladera abajo, al otro lado. Sin duda, no me habían visto, camuflado como estaba en el entorno, pero estaba claro que habían dejado la ladera sobre la que me encontraba realizando todas mis observaciones como vía de escape para los desdichados que, ya en gran número, comenzaba a subir huyendo de una muerte segura sin saber que al otro lado del valle, les esperaban más de aquellas criaturas. Desde luego, fuera quien fuera el que hubiese organizado aquello, les estaban dando duro.

Me sorprendió ver un grupo de soldados que se parapetaban, sabiendo que no tenían ninguna oportunidad, para hacer frente a la marea que formaban aquellos seres. Al poco descubrí que su sacrificio era para dar una oportunidad a un grupo numeroso de civiles que desesperadamente trataban de subir por la ladera. No pudieron oponer mucha resistencia, pero si la suficiente como para que aquella gente pudiera tratar de ascender a lo alto de la colina en la que me encontraba. Ancianos, mujeres con niños en brazos, todos ellos fueron sistemáticamente masacrados mientras trataban de alcanzar la seguridad, sin saber que aunque consiguieran pasar, al otro lado les estaban esperando.

Mi radio, muda hasta ese momento, empezó a rugir. Ya estaba claro que no eramos nosotros quienes les atacaban, y empezaron a pedir ayuda en todas las bandas sin codificar que mi computadora sintonizaba. Pedían ayuda a quien pudiera dársela... incluso a nosotros, la infantería colonial, sus enemigos.

No pude resistirlo. Nunca he sido un héroe, pero en aquel momento, me cercioré de que me unía a aquellos civiles el sentimiento de pertenencia a la raza humana, porque si algo tenía claro, es que no era humano lo que quisiera que andaba sembrando tal destrucción. Baje por la ladera, gritando a todo el mundo que no fueran en aquella dirección, que era una trampa, pero nadie me escuchaba. Pertrechado en mi armadura, rodeado de cientos de civiles desesperados que trataban de subir hasta la cima, me sentía inútil gritando y vociferando.

Había sido un error. Había delatado mi posición. Quizás si me hubiera quedado occulto como estaba, todo habría pasado a mi alrededor mientras observaba, pero en aquel momento de confusión, no supe reaccionar correctamente. Ahora tenía frente a mí una de aquellas cosas que se habían quedado aisladas del grupo principal. Pude verla de cerca. Medía casi tres metros. No me lo pensé. Creo que no me había visto aún cuando levanté mi rifle y abrí fuego a bocajarro convirtiéndolo en puré. Era la primera vez que disparaba después del entrenamiento, pero comprobé que no lo había hecho nada mal. Mi primera ráfaga le cercenó uno de los apéndices con los que sostenía la tuba. Continué disparando mientras mi cinta de munición corría ligera hacia mi rifle salpicando todo a mi alrededor de casquillos. Rápidamente examiné mi situación. O escapaba ladera arriba con los civiles, o me enfrentaba a aquellas cosas. No se que me hice decantarme por lo segundo, quizás la sobreexcitación que me había producido destrozar a uno de ellos, pero fue lo que me probablemente me salvó la vida. Corrí hacia un grupo de soldados secesionistas sólo para ver como eran volatilizados cuando estaba a unos pocos metros. Algunos grupos intentaban organizarse, pero aquello era un caos. No se quien detonó un explosivo cerca de mí, o si era realmente una explosión intencionada, pero me hizo volar por los aires, y sólo la armadura me salvó de reventar en mil pedazos. Caí sobre mi hombro, magullado pero vivo, pero en ese momento, la pared de un edificio se vino encima mía.

No recuerdo más de aquel día...

martes, 12 de enero de 2010

IV

Había oído que la atmósfera de Böhr era perfectamente respirable, que estaba impregnada de un aroma característico. Ya se que tendría que haber realizado las lecturas de agentes patógenos y gases nocivos que me proporcionaban los sensores de la armadura, pero no lo hice. Simplemente pensé, que si había gente viviendo allí desde hacía años, el aire no podía ser malo.

Despegué las presas de mi casco, y pude escuchar el silbido que indicaba que la presión del aire de mi soporte vital se equilibraba con el exterior. Quizás fuera el tiempo que había estado encerrado respirando oxígeno radiado, deionizado y no se cuantas características físicas más. Aquello era aire de verdad y lo noté apenas despegué el casco de mi armadura. El olor era indescriptible. Yo había oído antes el de cada planera es característico, pero aquello era una sensación completamente nueva para mí. No era ni mucho menos dulce, más bien al contrario, tenía un fuerte componente acre, pero aunque resulte paradójico, no era desagradable. Por compararlo a algo, aunque sólo sea remotamente, era como comer comida con un ligero aderezo picante. Resultaba refrescante y delicioso como estar en una fábrica de productos mentolados debido, según parece, a unos organismos fototróficos similares a nuestras algas que poblaban el aire de Böhr.

Miré al horizonte. Apenas estaba comenzando a anochecer y me sentí cautivo del juego de luces y colores, del rojo al cobalto que se proyectaban sobre accidentes geográficos estrafalarios. Los restos de la cápsula estaban cerca de un roca en la cual, la erosión había perforado un túnel. Cerca de mí, había una torre de algo parecido al basalto que se retorcía en torno a sí misma y que se elevaba un centenar de metros. Otra, era un cubo apoyado en el suelo sobre uno de sus vértices como si alguien lo hubiera tallado. Si hubiera tenido tiempo, lo habría medido, porque estaba convencido de que los lados de sus arístas eran exáctamente iguales.

Así, en aquel paisaje surrealista, la estrella de Böhr, de un color ligeramente anaranjado comenzó a dibujar sombras que por momentos parecían vivas. Pensé en los amigos de la infancia, en mi hermana y desee que si seguían existiendo de alguna forma, estuvieran en un lugar parecido a ese.

Absorto en aquel fascinante espectáculo, casi ignoré los datos topográficos que estaban siendo descargados a mi computadora. Ahora, con la carga completa, tenía que centrarme en mi trabajo. Después de todo, no había cruzado la galaxia sólo para presenciar las maravillas de la creación. Me habían mandado a cumplir con una misión, así que volví a colocarme el casco para tener acceso a toda la información visual, no sin antes profanar una de esas rocas con mi navaja para dejar mi nombre y la fecha grabado para la posteridad.

En el visor de mi casco, podía ver un punto fijo en el horizonte al que apuntaba permanentemente una flecha con la palabra "checkpoint" escrita sobre él y un número, 35, escrito al lado. En aquel momento no sabía si era la distancio o algún otro parámetro geográfico, pero si sabía que tenía que dirigirme hacia allí. Me puse en marcha, con los últimos rayos de sol, no sin antes lanzar un último vistazo a la cápsula, que contaminaba con su fealdad aquella naturaleza virginal. Desee que la corrosión hiciera su trabajo y la conviertiera en polvo de óxido más pronto que tarde.

Cuando dicen que la armadura está autopropulsada, realmente lo que se quiere decir es que esfuerzo que el ocupante debe realizar se reduce considerablemente, aligerando la carga, o, como era mi caso, permitiendo al usuario llevar más de todo, aunque al final fuera la fuerza muscular la que llevaba a cabo la mayor parte del trabajo. Conmigo llevaba material para los cuatro miembros originales de la expedición. Una tienda que disimulaba nuestras marcas térmicas y se integraba con el paisaje, un par de cintas extras de munición, equipos de observación remota, sensores de movimiento para asegurar un perímetro, y así podría seguir un buen rato, pero el genio de la logística que me había enviado con esa colección de cachivaches y no había tenido en cuenta que los seres humanos tenemos la fea costumbre de comer, así que tras 6 horas de marcha, comencé a sentir hambre, sin tener más que unas barritas energéticas que llevarme a la boca. Al menos, tenía agua, pero empecé a temer que si por cualquier motivo se retrasaba la extracción, era posible que pudiera llegar a pasarlo muy mal, así que decidí racionar las barritas.

No tardé en darme cuenta que aquel "35", iba decreciendo a medida que me acercaba al punto de control. Ya no tenía duda de que era la distancia. Nadie se había molestado en contármelo pero yo era listo para esas cosas y pronto supe manejar la computadora para mostrar toda la información que quería. Así, pude proyectar un mapa de la zona. La cápsula había aterrizado (más bien se había estrellado) a casi tres centenares de kilómetros al sur de donde debía. Aunque en principio eso podía parecer una mala noticia, en realidad era buena. En lugar de observar la zona de actividad sospechosa, rodearla y continuar hacia el sur, me dirigía hacia el norte, y tras llevar a cabo la misión volvería sobre mis pasos al encuentro del equipo de extracción. De hecho, podía dejar equipo para recogerlo a la vuelta y así aligerar el peso.

Cada vez que llegaba a un checkpoint, me ponía brevemente en contacto con el mando de la misión para que me dijeran lo fantásticamente que estaba haciéndolo y lo mucho que de mí dependía en esos momentos el éxito de no se que operationes. Lo único importante que sacaba de aquellas conversaciones era el nuevo checkpoint. Lo demás era paja.

Al cabo de unas 14 horas, comenzó a amanecer. Había recorrido a buen paso casi la mitad del recorrido pero estaba agotado y tras notificarlo a mi superior, busqué un buen lugar donde plantar la tienda térmica. Dejé la caja que la contenía en el suelo, y pulsé el botón que la montaba automáticamente mientras buscaba zonas elevadas para colocar los sensores de perímetro. Los necesitaba. Nadie haría guardia por mí, seguía estando en una zona altamente hostil y ya no contaba con el engaño de la noche. La armadura estaba pensada como para no dejar traza energética que pudiera ser detectada por los visores nocturnos, pero a la luz del día, era fácil que se recalentara, y aunque se camuflaba con el entorno, no era complicado detectarla mediante visores infrarrojos. Por eso, en cualquier misión de infiltración, se aprovechaban las horas sin luz para moverse, y la luz natural para descansar.

Para cuando la tienda estuvo montada, yo ya había terminado de colocar los sensores. Descubrí una funcionalidad de la computadora que me alertaba con un zumbido en caso de que saltaran, lo que me permitió relajarme. Comí una barrita energética y me acomodé en el interior de la tienda sabiendo que era casi invisible desde el aire y que si alguien se acercaba, me despertaría. Así dormí unas diez horas. Para cuando desperté, la estrella de Böhr seguía estando en lo alto.

-Claro.- pensé.- Los días aquí duran 36 horas y estamos en verano.-

Comprobé la información topográfica de mi computadora de nuevo. Estaba cerca del punto de extracción. Resolví dejar una de las cintas de munición allí, la mitad del agua y casi todas las barritas así como la tienda y los sensores totalmente montados. El plan era el siguiente; llegaría al punto de observación antes de que amaneciera, tomaría todas la imágenes, los datos y lo que hiciera falta durante el día y esperaría la caída de la siguiente noche para volver. Iban a ser un buen montón de horas sin dormir, pero luego descansaría en este mismo punto hasta que el equipo de extracción me recogiera. En aquel momento me pareció fácil.

Nada parecía indicar que, no sólo mis planes, sino los de toda la raza humana estaban a punto de irse al carajo.

lunes, 11 de enero de 2010

III

El "clack" del desacoplamiento me devolvió a la realidad. La fuerza G del lanzamiento me aplastó contra la pared de la cabina con tanta violencia que estuve a punto de perder el conocimiento. Sentía mi corazón intentando bombear con fuerza sangre a mi cerebro. Ya había sentido eso antes, pero seguía siendo igual de desagradable.

Coincidendo con el lanzamiento, las mirillas se bloquearon dejándome en una oscuridad total, aunque nunca había sabido si esa oscuridad era producto de la pérdida de visión consecuencia de la aceleración. En la lejanía escuchaba la computadora de abordo escupiendo datos de procesado tales como velocidad, altitud y al que más atención prestaba... desviación del ángulo. Había oído que mientras no pasara de la milésima de grado, todo iría bien.

El frío, paulatinamente fue dando paso al calor. Si antes sentía mis pies ateridos, ahora empezaba a escuchar el sistema de ventilación de la armadura esforzándose por disipar la temperatura. Estaba ingresando en la atmósfera.

Pronto empecé a escucharlo. Al principio, era sólo un susurro que se mezclaba con los datos que fielmente me iba dictando la computadora, pero al poco, el silbido era tan fuerte que tenía que esforzarme por seguir escuchando el dato del ángulo.

- Temperatura exterior 1500 grados kelvin. Temperatura en la cabina, 310 grados kelvin.- decía la inanimada voz de la computadora.

El primer zarandeo me sacudió con violencia, probablemente una turbulencia de las capas altas de la atmósfera. Había escuchado que en ocasiones eran de tal magnitud que desarmaban por completo la cápsula, haciendo que el incandescente aire del exterior entrara por alguna fisura e incinerando a su ocupante, pero también sabía que por estadística, no era la mayor amenaza a la que me enfrentaba

- Temperatura exterior 1900 grados kelvin. Temperatura en la cabina 330 grados kelvin.-

Algo no iba bien. Se suponía que la cabina estaba diseñada para aguantar 2222 grados kelvin ( número era fácil de recordar) pero no esperaba que la inversión térmica fuera tan fuerte al principio del lanzamiento.

- Alerta, desviacíon del ángulo de reentrada 0.00089 grados. Umbral no crítico.-

Lancé una maldición. El ángulo era demasiado bajo. Después de todo, no es lo peor que puede pasar. Si el ángulo es alto, la cápsula rebota sobre la atmósfera como una piedra plana en un estanque. Si moría aquel día, al menos sería rápido.

- Temperatura exterior 2050 grados kelvin. Temperatura en la cabina 350 grados kelvin.-

La cosa se ponía fea. El sistema de refrigeración de la armadura de combate aún me mantenía a salvo, pero si la integridad de la cápsula se veía amenazada podía irme despidiendo. Traté de diferenciar de entre el maremagnum de datos el que indicaba la altura. Algún bastardo seguía usando el sistema imperial, y tuve que esforzarme para calcular que 335768 pies eran cerca de cien kilómetros de altura. Apenas había comenzado la reentrada y ya estaba casi al límite de resistencia de la cápsula.

- Temperatura exterior 2100 grados kelvin. Temperatura en la cabina 372 grados kelvin.-

Probablemente eso habría bastado para matar a alguien sin protección. Yo seguía más pendiente del ángulo de reentrada, me repetía a mi mismo que hasta una milésima de desviación, era soportable. Traté de ignorar el sofocante calor que comenzaba a hacer en el interior de mi armadura e instintivamente, agarré uno de los asideros de la cápsula cuya funcionalidad era ayudar a incorporarme una vez en tierra. Me sorprendí al descubrir que había soltado una risa nerviosa, y me sentí estúpido al pensar que un simple asidero podía salvarme.

- Emergencia, ángulo de reentrada 0.00097 grados. Umbral crítico.-

De la batería de datos que soltaba la computadora, sólo este parecía ser audible para mí. Me agarraba a esa milésima de margen dentro de la que todavía me hallaba, sabiendo de que mi vida dependía de un número tan bajo. Quizás mi subsconsciente hizo que me fijara en el primer dato positivo desde que había sido desenganchado de la nave de transporte. La temperatura exterior se mantenía estable en 2190 grados kelvin. No pude escuchar la temperatura interior, pero desde luego, sudaba como nunca lo había hecho antes.

- Altura 100000 pies.-

Maldita sea... ¿cuánto eran cien mil pies?, bueno, no importaba, ya había llevado a cabo las dos terceras partes del descenso y la capsula seguía al límite de su diseño, pero de una pieza. Empecé a albergar esperanzas de poder aterrizar de una pieza en lugar de vaporizarme. Una nueva sacudida me volvió a zarandear. Me di cuenta de que, en mi obsesión por escuchar los datos, había pasado por alto que la cápsula se había movido, y se había movido mucho. Probablemente, la primera turbulencia había sido la que me había desviado del ángulo óptimo de reentrada, pero no había sido la única, sólo en ese momento, me sentí como dentro de una coctelera mientras se prepara un Bloody Mary con mucho hielo picado. Me reí de nuevo ante la ocurrencia.

-Precisamente un poco de hielo no me vendría mal ahora.- dije en voz alta.

De nuevo una sacudida, probablemente la más fuerte de todas, me aplastó contra el interior de la cabina. Sólo el hecho de ir fírmemente sujeto al arnés me salvó de romperme el cuello.

- Esto no lo cuento...- pensé en voz alta, como si quisiera que alguien invisible se hiciera eco de mis palabras y me despidiera de mis seres queridos. ¿Seres queridos? no había nadie esperándome en la vieja Tierra. Nunca conocí a mis padres y mi hermana había muerto durante uno de los sitemáticos saqueos de los suburbios de Amsterdam. Tal vez sentía no haberme despedido de aquella putilla de la periferia a la que solía visitar de vez en cuando. Tal vez sentía no saber de quien despedirme y terminar mis días a una distancia de casa tan grande que tendría que llenar de ceros un folio de papel para escribirla. Tal vez sentía no tener casa.

Pero aquella sacudida era diferente. No era una turbulencia atmosférica. Eran los retropropulsores. La única mecánica que incluía aquella maldita cápsula. Se habían disparado y si no nos habían engañado en la academia, eso significaba que estaba a menos de 50 kilómetros de altura sobre la superficie. Estaba frenando, pero eso no significaba que estuviera a salvo. Cualquier fallo en el tiempo de ignición del propelente y el paracaidas encargado de decelerar en los últimos kilómetros se rasgaría haciendo que la cápsula se estrellara contra el suelo convirtiendose en una formidable batidora y yo en carne picada dentro de mi armadura. Durante un minuto que me pareció eterno, estuve escuchando el rugir de los motores mitigando mi velocidad. De forma súbita dejaron de actuar y volví a sentirme en gravedad cero. Estaba cayendo hacia la superficie. Los paracaídas no se abrían probablemente debido a algún problema con el exceso de temperatura en la reentrada. Recordé que había una palanca de emergencia para efectuar la apertura manual y tiré de ella con fuerza. No tuve la sangre fría de comprobar primero la velocidad en la computadora de a bordo, no quise esperar. Sólo quería detener aquella caída como fuera y así lo hice.

Los últimos dos kilómetros de descenso fueron placenteros comparados con el resto del vuelo. Escuchaba que la temperatura del exterior de casco se estabilizaba en torno a los 800 grados kelvin y el ángulo de reentrada ya ni siquiera era mencionado. A veces, después del descenso, y debido al espectáculo audiovisual de los retropropulsores, tienes esperándote lo que los veteranos llaman "el comité de bienvenida" que te acribillan antes de abrir la cápsula. Por eso el reglamento dicta que hay que salir preparado para el combate. Comencé a realizar las tareas rutinarias para las que me habían entrenado. La computadora de mi casco táctico funcionaba, el rifle estaba armado con el seguro quitado y todos los sistemas de mi armadura estaban en verde.

- 5 segundos para impacto.- dijo la voz de la computadora.

Me preparé. Nuevamente, volví a agarrarme a aquel asidero de la cápsula al que ya consideraba mi mejor amigo. Contuve la respiración y el cápsula impactó la superficie de algo lanzándome hacia adelante mientras el arnés se esforzaba por mantenerme en mi sitio.

Estaba parado. Notaba la gravedad un poco más alta que en la tierra, o quizás la falta de ejercicio durante el transito estelar me había oxidado un poco. Nunca lo supe. Sólo en ese momento me di cuenta de que la computadora del casco táctico había estado leyendo mis constantes vitales. Tenía cerca de 200 pulsaciones por minuto y la tensión por las nubes. Algún médico allá arriba se estaría descojonando de mi cobardía, pero él no estaba allí conmigo. No había vivido lo que yo.

Miré al horizonte artificial de la cápsula. Hasta ahora no me había dado cuenta pero la cápsula estaba boca abajo. Si había alguien fuera esperando a que saliera lo tendría fácil para acabar conmigo, pero preferí no pensar en las posibles amenazas. En lugar de eso, giré la manija que disparaba los explosivos que separaban los paneles que formaban la cápsula, convirtiéndola en algo que se parecía a una jaula para pájaros conmigo en su interior. Solté el arnes y caí de bruces sobre el suelo de Böhr aunque la armadura absorbió la mayor parte del impacto. Me costó deslizarme fuera de los hierros que formaban el esqueleto de la cápsula, pero finalmente me vi libre. Ya hacía un rato que sabía que estaba sólo. Había sido muy torpe al librarme de los restos de la cápsula y cualquiera que hubiera estado acechándome había tenido tiempo de sobra para convertirme en un colador tecnológico de diez millones de pavos en equipamiento.

-India Kilo Lima Primero. Aquí Charlie Papa Wiskey Segundo. ¿Me recibe?.- dije por el canal encriptado de comunicaciones mientras me incorporaba ya sobre la superficie de Böhr. No escuché respuesta.

-India Kilo Lima Primero, aquí Charlie Papa Wiskey Segundo. ¿Me recibe, primero?.-

De nuevo la estática por respuesta.

-Atención Charlie Papa Wiskey Segundo... aquí Nido base.-

Era de la nave. No solían ponerse en comunicación con los "pollos" que soltaban sobre la superficie a menos que las cosas hubieran salido realmente mal.

- Errr.... ha habido un problema con el cálculo del ángulo de reentrada. Hemos perdido la comunicación con el resto de su escuadra. Creemos que está sólo.- dijeron después de un rato

Vaya. Así que no había sido ninguna turbulencia que me hubiera desviado, si no el cálculo que algún novato había llevado a cabo durante el lanzamiento. Esperaba que le cayera un buen paquete por eso.

- Recibido, Nido base. Solicito instrucciones.- traté de decir con el tono más frío de voz que pude poner en mis palabras. El canal quedó silenciado por un momento. Aproveché para mirar los restos de la cápsula. Después de todo, le debía la vida, y debo confesar que sentí algo parecido a agradecimiento a los ingenieros que la habían diseñado. El exterior de las placas, ahora dispersas alrededor de lo que quedaba de la cápsula, estaba negro y chamuscado como si hubiera estado expuesto al humo negro de una fábrica, pero el interior parecía intacto. Sólo Dios sabía lo que les habría pasado a mis compañeros de patrulla... si es que Dios había llegado a aquel rincón remoto del universo.

- Charlie Papa Wiskey Segundo.- Una voz diferente me sacó de mis ensoñaciones.- Aquí el comandante de la misión. Proceda según el plan. Ahora es usted India Kilo Lima Primero. La información detallada de la misión le será descargada a su computadora táctica mediante enlace de microondas. Prosiga según el plan.-

Vaya... quince minutos sobre la superficie de Böhr y ya era Sargento. Sólo esperaba que la paga se incrementara adecuadamente y que hubiera empezado a contar desde ese mismo momento, porque en por primera vez, sentí que tenía la sana intención de volver y cobrar todas y cada una de las horas.

domingo, 10 de enero de 2010

II

Lo primero que uno percibe cuando su cápsula de asalto orbital se expone lista para el lanzamiento en el exterior del casco de su nave nodriza, es el intenso frío del espacio. Si algo puede definir el espacio, o cómo se le denomina, el vacío exterior, es el frío y poco puede hacer el pequeño mecanismo calefactor de la armadura de combate para paliarlo.

Lo segundo es el silencio, tan intenso que puede llegarse a escuchar la sangre zubando en los oídos. De vez en cuando, algún bip de control, o un mensaje de radio, rasga esa terrible soledad reverberando durante un instante.

Pero sin duda, lo más escalofriante, es la sensación de soledad. Colgado del exterior de la nave de transporte, listo para ser desenganchado y llevar a cabo la reentrada, la minúscula cabina, apenas soporta un soldado de Infantería Colonial y su equipo. Y allí estaba yo, arrepintiéndome por haber elegido, sin vacilar, el servicio en la infantería colonial en lugar de la pena que me había impuesto el juez.

No quiero que se me malinterprete. No tengo miedo a la muerte. Me crié en Europa, y la violencia es algo cotidiano en cualquier ciudad del viejo continente, donde la vida se limita a la lucha por los escasos recursos y donde el valor que tiene, es tanto como el de las pertenencias que uno lleva consigo. Lo único que he lamentado desde que le arranqué los ojos a aquel canalla que trató de robarme las botas, es no haber cumplido la condena en aquella cárcel lapona. Después de todo, allí uno depende de sus propias habilidades, mientras que en el interior de una cápsula de asalto orbital, cualquier cálculo erróneo en la trayectoria balística puede hacer que uno termine en el medio del océano sin posibilidad de rescate, o que el ángulo de reentrada haga me incinere a decenas de kilómetros de altura... y no poder hacer nada frente a todas esas incertidumbres.

-15 minutos para lanzamiento- dijo una voz femenina, probablemente alguna controladora de lanzamiento para la cual, mis tres compañeros y yo éramos simplemente CPW-0001 (Charlie-Papa-Wisky-Primero), CPW-0002, CPW-0003, e IKL-0001 (India Kilo Lima-Primero).

Cada segundo, parecía durar el doble, pero el hecho de que sienta acercarse el momento de ser catapultado, hizo que instintivamente hiciera una última revisión a mi equipo, aunque la cápsula limitaba muchísimo mis movimientos, pues se cerraba en torno a mí como la cáscara de un huevo sobre un pollo a punto de nacer. En primer lugar, la armadura de combate. Un exoesqueleto con un sistema de mantenimiento vital que falla más de lo que sería deseable pero que permite al soldado del siglo XXVII demostrar lo que vale tanto en la superficie de una roca desnuda de atmósfera, como en alguna jungla escarlata de Ecir. Ajustado herméticamente a la armadura para poder mantener una atmósfera respirable en cualquier circunstancia, está el Casco Táctico, donde se encuentra la computadora que asiste las comunicaciones y controla el estado de todo el equipo así como las costantes vitales, llegando a administrar medicación y drogas de combate en caso necesario. La computadora del Casco Táctico se controla mediante un teclado ajustado al brazo izquierdo, y la información se muestra proyectándola en el visor del casco lo que permite integrarla en el campo de visión del usuario. Recuerdo que alguien me comentó que la razón por la que todo el mecanismo estaba centralizado en el casco era que para destruirlo, han de volarte la cabeza, con lo que ya no necesitas todos esos datos. Finalmente, el rifle, con una cinta de munición que se aloja en un compartimento en el lateral de la armadura. El punto de mira, es procesado y mostrado por el casco teniendo en cuenta la fuerza de la gravedad y la densidad atmosférica. El equipo era completado por unos cuantos kilogramos de explosivos en diferentes formas, distintos artilugios electrónicos y mi navaja, un amuleto tan poco reglamentario como inútil en combate, pero que si no estaba alojada en el compartimento de velcro de mi brazo izquierdo, hacía que me sintiera desnudo.

-10 minutos para lanzamiento- me recordó la voz femenina.

-Ya falta poco.- dijo India Kilo Lima con su fuerte acento oriental, o simplemente "Primero", el oficial que dirigía aquella misión. Nos habían entrenado para ello. La primera vez, lanzado sobre las arenas de Marte, la segunda sobre el polvo lunar, la tercera... bien, esta era la tercera y estaba apunto de aterrizar en las tierras de color cobalto del interior de Böhr. Según nos habían dicho, no había nadie más operativo, sin embargo, a mí me pareció que en realidad, nadie quería arriesgar combatientes veteranos con un objetivo como aquel. La idea era aterrizar a un centenar de kilómetros al norte de donde se sospechaba, había una base guerrillera. Desplazarse hasta las cercanías, y en caso de detectar actividad, comunicar su naturaleza al alto mando. Los guerrilleros sabían ocultar su rastro. Sus bases eran subterráneas, o se integraban en el entorno de tal forma que un satélite no las detectaba. Pero una traza anormal de energía detectada por una sonda orbital en medio de aquel páramo al que nos mandaban, había hecho sospechar de una salida camuflada de gases, o quizás de un pedo mal disimulado. Aquellos chismes que daban vueltas sobre nosotros eran sensibles, maldita sea. Tras comprobar la zona, nos dirigiríamos otra treintena de millas al sur de la base, donde un equipo de extracción nos contactaría y al que nos uniríamos para ser evacuados más tarde... el papel lo aguanta todo, y los planes siempre parecen fáciles cuando se escriben.

- 5 minutos para lanzamiento -

Ya casi era la hora. Recé. No había rezado nunca, y no sabía a quien lo hacía ni como hacerlo, pero se que recé. Pedí ayuda a quien pudiera escucharme, si es que me escuchaba alguien para que los cálculos no salieran mal, para tener una oportunidad de poder volver a casa e intentar cruzar el estrecho rumbo a una vida más placentera, o jugármela atravesando los hielos polares con destino a Norteamérica

- 1 minuto para lanzamiento -

De repente me invadió una sensación de paz. Supongo que había hecho las paces conmigo mismo, con todos los errores de mi pasado y asumía que yo era tan consecuencia de ellos como de mis aciertos. Me dispuse a encarar mi destino, fijando la vista en sus ojos, sin apartar la mirada. Llegaba a Böhr, un planeta que sólo conocía por leyendas y habladurías, sin saber que iba a impregnarme de su aroma acre, de sus atardeceres púrpuras y de sus mitos. Sin saber que íbamos a ser parte de la historia.

-10... 9... 8... 7... -

Dirigí una última mirada a la nave a través de la pequeña mirilla que había sobre mí. Parecía colgar sobre mi cabeza, fría, gris, carente de emociones, sólo un pedazo de metal en la inmensidad del cosmos. Mire a mis pies. Otra mirilla me mostraba los remolinos de nubes de la superficie de Böhr, sus océanos, sus continentes de color púrpura, salpicados de volcanes como acné en la cara de un adolescente.

-3... 2... 1... 0... -

sábado, 9 de enero de 2010

I

Antes de relatar los hechos acaecidos en Böhr, debemos reflexionar un poco sobre la situación tanto política como militar del sistema. Tras seiscientos años desde que el primer vuelo tripulado hubiese salido del Sistema Solar merced a lo potenciadores Shirkowsky, la huella del hombre había horadado ya cerca de cuarenta mundos y mantenía colonias en doce sistemas exteriores. El más lejano se había dado en llamar Böhr, en honor del legendario comandante de la Kronos, nave que había sido dada por desaparecida en el segundo viaje en que se usaban los potenciadores con el fin de realizar un catálogo de sistemas planetarios que estuviesen en el entorno del Sol y que pudiesen dar salida a la superpoblación que afectaba a todas las colonias interiores que había en el Sistema Solar. El último contacto con la Kronos había tenido lugar cuatro años tras el comienzo de la misión y avisaba sobre la inminencia de un fallo en el láser de comunicaciones de la nave que los dejaría mudos hasta su regreso a la Tierra, pero la Kronos no había vuelto y en torno a ella se había forjado una leyenda que mitificaba a sus tripulantes como paradigma de la responsabilidad y el sentido del deber que debía caracterizar a los integrantes de la flota, pues, a pesar de todo, la Kronos había dejado claro que iban a seguir su misión de catálogo que sería entregada en mano a la vuelta. Cuando tres siglos después de la partida de la Kronos, los integrantes de la nave de exploración Magallanes, con el mismo cometido pero mejor tecnología, llegaron a Böhr, se encontraron con un módulo de emergencia en órbita perfectamente equipado para iniciar el tránsito solar y una vez en superficie, con los restos de una base avanzada humana y con las tumbas de algunos de los tripulantes de la Kronos que, según decían los diarios allí hallados, cansados de vagar por el espacio habían decidido establecer la primera colonia extrasolar. También decían dichos diarios que el capitán Böhr, junto con algunos oficiales e ingenieros había decidido continuar con la misión hasta el final. Ocho años después la Magallanes volvió a la Tierra, y con ella llegó la noticia del descubrimiento, conmoviendo a la humanidad hasta el punto de que la dedicación del capitán Kronos fue premiada "in ausentia" por la entonces naciente Sociedad Planetaria y los primeros colonos que llegaron un cuarto de siglo mas tarde, convirtieron los restos de la base en un monumento y se encargaron de que el módulo orbital, una especie de nave más pequeña adosada a la Kronos, se mantuviese en órbita para siempre como recuerdo a aquellos que nunca quisieron volver, para lo cual fue equipado por motores de dirección nuevos y con depósitos completos de combustible suficientes como para mantenerla orbitando Böhr durante mil años.

Böhr posee océanos donde se centra la vida del planeta que realiza actividad fundamentalmente fotosintética, sin embargo, no hay organismos evolucionados en la superficie mas allá de una especie de gusanos autótrofos que viven en fuentes termales de las zonas volcánicas. Los científicos recién llegados al planeta, se dieron cuenta de que ello era debido a que el Sistema Böhr contenía un alto número de asteroides de gran tamaño con órbitas muy poco definidas, con lo que las colisiones con el planeta ocurrían con una alta periodicidad, no dando tiempo a la vida terrestre a evolucionar y que como consecuencia, la marina tuviese un alto grado de adaptabilidad a condiciones de temperatura hostiles causadas por los drásticos descensos de temperatura que siempre siguen a una colisión de este tipo.

Los colonos de Böhr se sintieron llamados a estabilizar las condiciones del planeta y se instalaron baterías de misiles nucleares en órbita con el fín de destruir aquellos asteroides cuya trayectoria entrase en colisión con la del planeta. De todas formas, Böhr continuó siendo un inmenso desierto pedregoso en su inmensa mayoría a pesar de los esfuerzos de los colonos por importar formas de vida terrestres que se pudiesen adaptar al clima, si bien esta política dio sus frutos en tanto y cuanto la colonia se volvió autosuficiente sin tener que depender de los suministros de la Sociedad Planetaria. Como consecuencia última de esta situación, surgieron sentimientos nacionalistas que se vieron agudizados porque, al ser la colonia mas alejada del Sistema Solar, las comunicaciones con La Tierra eran frustrantemente lentas y en la mayoría de las circunstancias, eran los propios órganos de gobierno coloniales los que debían de tomar las decisiones trascendentes.

La respuesta standard de la Sociedad Planetaria ante los emergentes independentismos era siempre acantonar unos cientos de divisiones de la Infantería Colonial para "mantener el orden" y que el abastecimiento de las preciadas materias primas al sobreexplotado Sistema Solar estuviese asegurado aún a través de un viaje de ocho años que era la distancia que había entre Böhr y la Tierra. Esta situación llevó a Böhr a convertirse en un planeta además de estéril, militarizado, donde la ciudad mas importante era una base de la Infantería Colonial, Acrelon V, que llegó a poseer cerca de cinco millones de habitantes de los cuales más de la mitad eran soldados, mientras que el resto eran burócratas mandados por la Sociedad Planetaria para asegurarse de que la colonia se mantenía fiel a la metrópoli. Estos funcionarios, al igual que los militares cumplían un servicio de seis años, lo cual conllevaba una curiosa situación, y es que antes de que una flota colonial con su remesa de colonos leales llegase a Böhr, ya estaba partiendo del Sistema Solar el relevo de la guarnición y el aparato civil. Los nacionalistas de Böhr crearon como respuesta grupos guerrilleros y terroristas que atentaban contra cualquier interés de la Sociedad Planetaria, por lo que Böhr fue clasificada como zona peligrosa y no se permitieron a partir de entonces vuelos que no estuviesen registrados. A la sombra de esta situación, surgieron grupos de contrabandistas que llevaban armas a los militantes independentistas con cualquier mercante antiguo, y que los guerrilleros pagaban bien en Iridio, un metal vital para el desarrollo de los vuelos estelares y que abundaba en el planeta debido a la frecuencia de las catástrofes causadas por los meteoritos, ya que estos son ricos en dicho elemento. De este modo, con un solo viaje un contrabandista que transportase diez toneladas de armas, podía volver con tanto iridio como para despreocuparse el resto de su vida y no eran pocas las tripulaciones que decidían secuestrar su propia nave para hacer llegar un cargamento a Böhr. Debido a ello, las acciones independentistas fueron tornándose más enérgicas lo que impulsó a la Sociedad Planetaria a establecer bases militares secretas en los asteroides con órbita mas estable desde donde interceptar cualquier vuelo no registrado que pretendiese llegar a la colonia.

Se llegó así a un equilibrio de fuerzas, con los independentistas escasamente armados pero conocedores del terreno a la perfección y la Infantería Colonial superiormente equipada pero cuyo control se limitaba a las explotaciones y ciudades principales además de las baterías de defensa anti-asteroides. Tanto unos como otros se vigilaban mutuamente y se enfrascaban en escaramuzas guerrilleras y batidas de represalia, demasiado ocupados como para fijarse en una posible amenaza exterior.

Hoy empiezo

A ver, sobre todo, gracias a Javi, que fue tan pesado como para que al final me liara la manta a la cabeza.

Esta es mi primera entrada en el blog. Lo primero el nombre, que es un homenaje a una cena que hicimos en invierno de 2007 en Fort Collins los valencianos más salados que he conocido en mi vida, Sara y Nacho (si, como los nachos). Hacía mucho frío (el tan temido "single digit") y no había ni una brizna de viento. Al pasar por College Ave. se veía la bandera gigantesca de un concesionario de coches colgando pegada al mastil, y adecuadamente, Nacho dijo "mira, hasta la bandera tiene frío" y bromee sobre la posibilidad de que un blog se llamara así.

2 años más tarde, aquí voy, más que nada con la intención de que todo lo que escribo no caiga en saco roto con el paso de los años... si veo que no tiene mucho éxito, tardo poco en ventilarme el blog, así que espero que haya halagos y parabienes a mis relatos, que llevan muchas horas de trabajo.

Por cierto, si estás leyendo esto, envíame un correo, te invito a una caña, seas quien seas.

PD: Muy agradecido quedo al señor Manuel Loureiro, que consiguió engancharme con su "Apocalipsis Zombie" y al que intentaré fusilar la idea.