miércoles, 17 de marzo de 2010

VIII

Me costó llegar al sitio donde había dejado mis pertrechos. No contaba con la movilidad con la que me asistía la armadura y llevaba una criatura a la espalda. Era yo contra la gravedad de Böhr sin más compañía que los llantos desesperados de aquella niña que, según me parecía, tenía hambre.

Hambre, o frío. No lo sabía. Era capaz de demontar un rifle de asalto orbital con los ojos vendados pero no tenía ni idea de como manejarme con una criatura. ¿Para qué iba a preocuparme de mantenerme oculto? Cualquier cosa de aquellas que estuviera por las cercanías habría sido alertada por aquel lloro que me taladraba los oídos.

Cuando por fin llegué, saqué un envase de fruta seca que la niña devoró casi arrancándomelo de las manos. No sabía cuanto tiempo había estado inconsciente bajo la armadura, pero llevaba casi 48 horas sin dormir y sentía entumecidos los músculos del cansancio, así que resolví que no iba a ir más lejos sin descansar. Desplegué el refugio de camuflaje e inmediatamente, al igual que los camaleones, adoptó un mosaico aleatorio de colores que se mimetizaba en el entorno. Allí estaríamos seguros siempre y cuando cierto individuo no empezara a berrear. No había terminado de desplegar del todo la tienda cuando sentí una manita tirándome de los pantalones. Me dí la vuelta y la vi, con la mano extendida y diciendo algo que seguramente sería una forma aproximada de decir "más".

- Así que no contenta con delatar nuestra posición, pretendes comerte mis provisiones, demonio pequeño.- dije. Era inútil. Era demasiado pequeña para enterme a mí, cuanto más mi sarcasmo.

Le dí una tableta de chocolate de ese que nos dan para poder confraternizar con los locales. Dos minutos más tarde ya había dado buena cuenta de ella. Tenía un aspecto lamentable, con la cara sucia de hollín, la boca llena de chocolate, pero parecía satisfecha. Se empezó a frotar los ojos y supuse que era hora de dormir para los dos, así que nos metimos en la tienda.

No se cuanto tiempo estuve durmiendo. Me despertaron unos deditos jugando con mi pelo y una indescriptible sensación de repugnancia al darme cuenta de que tanto ella como yo, estábamos mojados. Sin duda, se había orinado encima. Pensé que podría haber haber buscado entre las ruinas algo de ropa para ella . Qué iba a saber. No me quedó más remedio que improvisar un vestido con una camiseta y una suerte de pañal con vendas y compresas sanitarias. Si podían contener una hemorragia, tenía que poder contener otra meada, y por fortuna, mi botiquín estaba bien surtido. Esperaba que me sirviera para llegar hasta el punto de encuentro con el equipo de extracción. Después, ya no sería mi problema.

Levanté el campamento y lo empaqueté todo en el arnés. Sin la armadura, parecía pesar una tonelada, pero no me atreví a dejar nada atrás pensando en lo útil que había sido el botiquín de campaña o las provisiones que había dejado atrás. Dejé un hueco en la mochila para sentarla y así, con no menos de cincuenta kilos a la espalda, me puse de nuevo en marcha.

Por fortuna, esta vez la niña no se dedicó a amargarme todo el camino. Tuve que parar alguna vez para cambiar las gasas, una de ellas resultó en una experiencia repugnante que me hizo preguntarme como era posible que la humanidad siguiera reproduciéndose teniendo que soportar semejante inmundicia, pero seguimos adelante. Finalmente, tras varios días de dura marcha y casi sin gasas en el botiquín, llegamos al punto de extracción convenido. No había nadie. Era obvio. No podía esperar un comité de bienvenida. Si estaban allí, ya me habrían detectado y sólo estarían esperando a que la situación fuera segura para tomar contacto. Si no estaban... bueno, preferí desechar esa idea de inmediato. Si el equipo de extracción se había ido o se había topado con aquellas cosas, estába, mejor dicho, estábamos bien jodidos. Así que monté de nuevo el campamento dispuesto a afrontar la espera que hiciese falta. No me quedaba otra opción.

Empezaba a inquietarme la idea de que no hubiera nadie, y había empezado a limpiar el rifle de aquel condenado polvo de iridio, cuando ví como tres soldados, sin duda de la Sociedad Planetaria, asomaron sin darme cuenta por tres puntos distintos apuntándome con sus armas.

-¡Quieto!.- dijo uno de ellos.- Tire el arma.-

- ¿Qué arma gilipollas?.- le dije mientras señalaba el rifle desmontado en el suelo.

La niña se rio, con lo que deduje dos cosas; que sabía lo que era un arma, y que sabía lo que era un gilipollas. Me empezó a caer bien. Otro de los soldados soltó una risa femenina. Estupendo. Una mujer. Espero que no se malinterprete. Sólo pensaba en que las mujeres, pese a los avances tecnológicos que nos hacen viajar entre estrellas, tienen la menstruación y que debido a sus efectos secundarios en los viajes espaciales, el inhibidor de ovulación que libra les libra de los temibles días rojos en la tierra, era reemplazado por las tradicionales compresas , y eso significaba que con dos o tres, podía hacer un pañal. El instinto de protección se desarrolla rápido.

-¿Tiene algo para mí?- dijo el tercer soldado sin dejar de apuntarme. Yo sabía a que se refería. Sin el transpondedor que incluía mi armadura necesitaba garantizar de alguna forma que yo era lo que quedaba del equipo de intrusión que debía ser rescatado. No dudaría en dispararme si no le demostraba que era un soldado de la Sociedad Planetaria. Era por esos casos por los que se recurría a un mecanismo tan antiguo como eficiente. Antes de cualquier misión se memorizaba una seña y su contraseña. Aquella pregunta, "tiene algo para mí" era la seña.

- Tengo un gato en el jardín.- contesté.

Tan absurdo como eficiente. Los tres bajaron las armas al tiempo que la niña repetía en tono interrogativo "ato?".

- No niña; gato. - le corregí -No has visto nunca uno.- sentencié.

- No son formas de hablarle a una niña.- dijo la soldado.

- Nunca se acierta con lo que se le dice a una mujer.- dije con todo el sarcasmo que pude poner en la frase.

- ¿Y su armadura, soldado?.- dijo el que me había preguntado por el santo y seña.

- No espero que se crea todo lo que tengo que contarle.- contesté.

- Puede estar seguro de que le creeré. -

Así que le conté todo lo que me había pasado, incluyendo la aventura de los pañales improvisados. Respaldé mi historia con las imágenes grabadas, aunque no hubiera hecho falta a juzgar por la expresión grave que reflejaba el demblante del que, según sabía ya, era el teniente Richter. No olvidé mencionarle mi fortuito ascenso. Seguro que estaba grabado en algún registro, pero preferí recordárselo para que contasen los días a efectos de paga cuando volviéramos.

- La niña está bien.- dijo la mujer. -Un poco deshidratada, pero nada grave.-

Ya iba sabiendo cosas de aquel grupo. El teniente, parecía realmente sereno, cosa rara en un teniente de academia, que por lo general son niños de papá que juegan a los soldaditos. Se notaba que éste, lo llevaba en la sangre. Por otra parte, la mujer era sanitario, y luego estaba el soldado al que había llamado gilipollas. Visiblemente molesto a raiz de mi comentario.

- ¿Donde está el resto del escuadrón, teniente?- yo sabía que en la infantería colonial, un teniente maneja un un grupo de treinta personas, un escuadrón dividio en tres grupos de fuego, dos de ellos al mando de sargentos y el primero directamente bajo la supervisión del oficial.

- Nos cubren y protegen el perímetro. Tenemos un refugio en una cueva cercana y provisiones de sobra que tuvimos la suerte de encontrar en un poblado arrasado.- dijo.- Podemos sobrevivir una buena temporada y mientras tanto mandar los grupos de fuego a intentar avituallarse.-

- Perdone que le interrumpa teniente.- Me dirigí hacia él con la educación debida. No sólo por el rango, sino porque realmente transmitía seguridad, y eso lo hacía digno de respeto. - ¿Ha dicho sobrevivir?.-

- No habrá rescate. Ni siquiera se si queda alguien más aparte de nosotros. Ya no somos la especie dominante en este mundo.- Sentenció

1 comentario:

  1. Estoy enganchadísimo Nico! Por dios dime que seguirás con la historia algún día.

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