domingo, 17 de enero de 2010

VII

No se cuanto tiempo estuve inconsciente, aunque sí se por qué. Al desplomarse aquella construcción sobre mí, algo muy pesado, quizás alguna viga, me había golpeado la cabeza. Joder; aquellos cascos tácticos eran condenadamente buenos. Me salvó la vida, pero no pudo evitar que tuviera una buena conmoción ni que toda la electrónica que atesoraba se fuera al carajo.

Lo primero que recuerdo, fue el sepulcral silencio que me rodeaba. Abrí los ojos y vi como la luz se filtraba por el visor de mi casco con un plomizo tono gris a traves de una buena capa de polvo resultado de la demolición que me había tumbado. Casi había llegado a familiarizarme con toda la información desplegada en mi campo de visión, pero ahora, definitivamente, la única forma de saber que me rodeaba, eran mis primitivos sentidos, lo cual hizo que me sintiera desnudo. Descubrí que sin la célula de energía que la alimenta, la armadura era sumamente pesada y me costó levantar el brazo lo suficiente como apartar la gruesa capa de cenizas que cubría mi cara.

No pude levantarme. Es difícil hacerlo cuando se está dentro de una mortaja de 150 kilos de acero, así que, con mucho esfuerzo, desplegué los sellos de mi protección a la altura de los hombros y me deslicé con si estuviera naciendo de nuevo de aquel amasijo de hierros.

El cielo seguía oscurecido por aquella especie de polvo que teñia todo de un ambiente crepuscular. A mi alrededor sólo había muerte y desolación.

Había pasado mucho tiempo desde la primera vez que había visto un cadáver con indicios de muerte violenta. En aquel tiempo yo sólo tenía catorce años. Recuerdo que le conocía. Era un camello del barrio en el vivía. Probablemente debía dinero a alguien, se había metido a trapichear en la zona de otro, o simplemente, a alguien le había gustado su reloj. A algún gorila malnacido no le había bastado con pegarle una paliza mortal, sino que además, lo habían colgado boca abajo de una farola en plena calle. No quiero detenerme en detalles escabrosos, pero me acuerdo perfectamente de que a pesar de no haber comido en veinticuatro horas, vomité. Con el tiempo, uno se acostumbra a contener el vómito, pero es difícil acostumbrarse a la visión de una muerte violenta.

...vomité. A mi alrededor no había más que cuerpos desmembrados, restos humanos carbonizados y sangre por todas partes. En aquel momento sospeché, y hoy tengo la certeza, de que a aquellas cosas no les bastaba con matar, se ensañaban en una orgíastica carnicería despedazando con la precisión de un cirugano.

Cuando fui capaz de controlarme, caí en la cuenta de que no estaba ni mucho menos seguro, y tenía claro que no quería acabar troceado como si fuera a ser entregado en fascículos. Pude desacoplar el rifle y la caja de munición de la armadura, y aunque me pareció que pesaba como un demonio, conseguí acomodarlo y cargué la cinta de munición a la espalda. No me importaba el peso. Recordé que con ese mismo rifle había hecho trizas una de esas cosas y me sentí aliviado. Aún tenía alguna protección. Mi chaleco antifragmentación estaba hecho de kevlar, una sustancia tan antigua como eficaz para los impactos y llevaba mi uniforme de camuflaje de tonos marrones salpicado de trazas de color cobalto, ideal para el entorno del desierto interior de Böhr. Recogí mi navaja del compartimento de la armadura y una mochilla militar de la espalda de un torax sin extremidades ni cabeza convencido de que a su dueño ya no le haría falta. En ese momento, sintiéndome invencible de pie en medio de aquella desolación, supe que iba a sobrevivir a todo aquello y contarlo. Lo que no sabía es que no iba a resultar sencillo.

Miré el contenido de la mochila. Dentro había algunas raciones de comida, un holomapa de las cercanías que podía reemplazar al que proyectaba mi computadora y detector de trazas energéticas, pero antes de irme, tenía que hacer una última cosa. Tenía que trepar a lo alto de la loma donde había dejado mi equipo de observación grabando. Sabía que aquellas imágenes tarde o temprano serían útiles, así que me puse en marcha y remonté la ladera de la colina por donde había descendido algunas horas antes.

Volví a vomitar al llegar al puesto de observación. Si los restos de la base eran el sueño húmedo de un psicópata, la planicie que se extendía al otro lado de la colina le habría revuelto el estómago al forense más curtido. Aunque lo he intentado, jamás he sido capaz de describir el horror de aquella carnicería. No lo haré ahora. Los civiles habían tratado de escapar en aquella dirección. Les había intentado advertir; les estaban esperando, maldita sea, pero el pánico les había empujado hacia aquella trampa. En la base, casi todos los cuerpos se intuía que eran de soldados. Aquí, estaba claro que eran inocentes. Hasta ese momento, aún albergaba la duda de si aquellas cosas habían sido desplegadas por la Sociedad Planetaria. En ese momento me di cuenta de que no podían ser humanos. Nadie, en la dilatada historia de los genocidios había hecho algo así.

Dejé caer el rifle al suelo. Me sentía incapaz de soportar su peso. Después me desplomé de rodillas y lloré. No recordaba la última vez que había llorado, ni siquiera se si lo había hecho antes. No eran lágrimas de pena, sino de odio. Odiaba a lo que fuera que hubiera hecho aquello. Debería haberme aterrorizado, quizás eso era lo que pretendían aquellas criaturas con semejante barbarie, pero en cambio, sentí aquel odio que tanto me ha marcado; un odio que jamás había sentido antes, un odio ancestral, atávico, enterrado los genes bajo miles de generaciones, el odio que surge como mecanismo de defensa ante una amenaza de la que no hay escapatoria posible salvo el enfrentamiento.

Un llanto me devolvió a la realidad. ¿Un llanto?, sí estaba seguro. Era un llanto, apenas audible, pero allí estaba. Sabía que lo había escuchado. Dejé mi autocomplacencia a un lado, me sequé las lágrimas y afiné el oído. Lo volví a escuchar. Parecía más una letanía, un murmullo, el susurro que surge tras el agotamiento. Intenté orientarme hacia él, pero la reverberación de las montañas cercanas me confundía. Recogí mi rifle con renovadas fuerzas y me interné en aquel océano de cuerpos destrozados mirando en todas direcciones.

Cegado por la desesperación de encontrar a alguien con vida, comencé a remover cuerpos sin ningún orden. Tuve varias veces nauseas y estuve a punto de volver a vomitar, pero me contube. Finalmente, vi algo moverse, casi milagrosamente entre aquella maraña de entrañas y miembros. Y allí estaba. Aparté el cadáver chamuscado de un hombre, probablemente un familiar, quizás su padre, que un desesperado intento por protegerla, la había cubierto. Era una niña de apenas 2 años, o quizás un poco más. Estaba agotada por el llanto, tenía la cara sucia y una quemadura en la pierna que no parecía revestir mucha gravedad.

No se si estaría quebrando alguna estúpida ordenanza militar en aquel momento, pero supe lo que tenía que hacer. La cogí en brazos dejando colgar mi rifle por las cintas que lo amarraban a mi torax. Estaba tan asustada que comenzó a berrear con fuerza de nuevo. Tuve que taparle la boca con fuerza. Temía que llamara la atención de no se bien que. Así, salí corriendo del lugar de la masacre hasta el puesto de observación donde recogí los instrumentos de registros con la valiosa información que había recogido y me alejé lo más deprisa que pude.

La pequeña se quedó dormida agotada por las circunstancias. Aunque la traté con la rudeza propia de alguien que nunca ha tenido un niño en brazos, no se despertó cuando la acomodé en la mochila dejando sólo su carita sucia fuera para que respirara. Así, con pocas raciones, peor equipamiento, un rifle más pesado que práctico y una criatura a la espalda, me puse en movimiento gracias al holomapa hacia el punto de encuentro con la patrulla de extracción. Era mi única esperanza. Si la misión había ido según lo previsto, el escuadrón que debía escoltarme hacia un lugar seguro tenía que estar sobre el terreno a pocos kilómetros de donde estaba yo... eso si no habían tenido otro tipo de encuentro.

1 comentario:

  1. Nico!
    Cuando retomas la narración?
    Que tengo ganas de que siga la historia, que me estaba enganchando :)

    Un saludo!

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