domingo, 10 de enero de 2010

II

Lo primero que uno percibe cuando su cápsula de asalto orbital se expone lista para el lanzamiento en el exterior del casco de su nave nodriza, es el intenso frío del espacio. Si algo puede definir el espacio, o cómo se le denomina, el vacío exterior, es el frío y poco puede hacer el pequeño mecanismo calefactor de la armadura de combate para paliarlo.

Lo segundo es el silencio, tan intenso que puede llegarse a escuchar la sangre zubando en los oídos. De vez en cuando, algún bip de control, o un mensaje de radio, rasga esa terrible soledad reverberando durante un instante.

Pero sin duda, lo más escalofriante, es la sensación de soledad. Colgado del exterior de la nave de transporte, listo para ser desenganchado y llevar a cabo la reentrada, la minúscula cabina, apenas soporta un soldado de Infantería Colonial y su equipo. Y allí estaba yo, arrepintiéndome por haber elegido, sin vacilar, el servicio en la infantería colonial en lugar de la pena que me había impuesto el juez.

No quiero que se me malinterprete. No tengo miedo a la muerte. Me crié en Europa, y la violencia es algo cotidiano en cualquier ciudad del viejo continente, donde la vida se limita a la lucha por los escasos recursos y donde el valor que tiene, es tanto como el de las pertenencias que uno lleva consigo. Lo único que he lamentado desde que le arranqué los ojos a aquel canalla que trató de robarme las botas, es no haber cumplido la condena en aquella cárcel lapona. Después de todo, allí uno depende de sus propias habilidades, mientras que en el interior de una cápsula de asalto orbital, cualquier cálculo erróneo en la trayectoria balística puede hacer que uno termine en el medio del océano sin posibilidad de rescate, o que el ángulo de reentrada haga me incinere a decenas de kilómetros de altura... y no poder hacer nada frente a todas esas incertidumbres.

-15 minutos para lanzamiento- dijo una voz femenina, probablemente alguna controladora de lanzamiento para la cual, mis tres compañeros y yo éramos simplemente CPW-0001 (Charlie-Papa-Wisky-Primero), CPW-0002, CPW-0003, e IKL-0001 (India Kilo Lima-Primero).

Cada segundo, parecía durar el doble, pero el hecho de que sienta acercarse el momento de ser catapultado, hizo que instintivamente hiciera una última revisión a mi equipo, aunque la cápsula limitaba muchísimo mis movimientos, pues se cerraba en torno a mí como la cáscara de un huevo sobre un pollo a punto de nacer. En primer lugar, la armadura de combate. Un exoesqueleto con un sistema de mantenimiento vital que falla más de lo que sería deseable pero que permite al soldado del siglo XXVII demostrar lo que vale tanto en la superficie de una roca desnuda de atmósfera, como en alguna jungla escarlata de Ecir. Ajustado herméticamente a la armadura para poder mantener una atmósfera respirable en cualquier circunstancia, está el Casco Táctico, donde se encuentra la computadora que asiste las comunicaciones y controla el estado de todo el equipo así como las costantes vitales, llegando a administrar medicación y drogas de combate en caso necesario. La computadora del Casco Táctico se controla mediante un teclado ajustado al brazo izquierdo, y la información se muestra proyectándola en el visor del casco lo que permite integrarla en el campo de visión del usuario. Recuerdo que alguien me comentó que la razón por la que todo el mecanismo estaba centralizado en el casco era que para destruirlo, han de volarte la cabeza, con lo que ya no necesitas todos esos datos. Finalmente, el rifle, con una cinta de munición que se aloja en un compartimento en el lateral de la armadura. El punto de mira, es procesado y mostrado por el casco teniendo en cuenta la fuerza de la gravedad y la densidad atmosférica. El equipo era completado por unos cuantos kilogramos de explosivos en diferentes formas, distintos artilugios electrónicos y mi navaja, un amuleto tan poco reglamentario como inútil en combate, pero que si no estaba alojada en el compartimento de velcro de mi brazo izquierdo, hacía que me sintiera desnudo.

-10 minutos para lanzamiento- me recordó la voz femenina.

-Ya falta poco.- dijo India Kilo Lima con su fuerte acento oriental, o simplemente "Primero", el oficial que dirigía aquella misión. Nos habían entrenado para ello. La primera vez, lanzado sobre las arenas de Marte, la segunda sobre el polvo lunar, la tercera... bien, esta era la tercera y estaba apunto de aterrizar en las tierras de color cobalto del interior de Böhr. Según nos habían dicho, no había nadie más operativo, sin embargo, a mí me pareció que en realidad, nadie quería arriesgar combatientes veteranos con un objetivo como aquel. La idea era aterrizar a un centenar de kilómetros al norte de donde se sospechaba, había una base guerrillera. Desplazarse hasta las cercanías, y en caso de detectar actividad, comunicar su naturaleza al alto mando. Los guerrilleros sabían ocultar su rastro. Sus bases eran subterráneas, o se integraban en el entorno de tal forma que un satélite no las detectaba. Pero una traza anormal de energía detectada por una sonda orbital en medio de aquel páramo al que nos mandaban, había hecho sospechar de una salida camuflada de gases, o quizás de un pedo mal disimulado. Aquellos chismes que daban vueltas sobre nosotros eran sensibles, maldita sea. Tras comprobar la zona, nos dirigiríamos otra treintena de millas al sur de la base, donde un equipo de extracción nos contactaría y al que nos uniríamos para ser evacuados más tarde... el papel lo aguanta todo, y los planes siempre parecen fáciles cuando se escriben.

- 5 minutos para lanzamiento -

Ya casi era la hora. Recé. No había rezado nunca, y no sabía a quien lo hacía ni como hacerlo, pero se que recé. Pedí ayuda a quien pudiera escucharme, si es que me escuchaba alguien para que los cálculos no salieran mal, para tener una oportunidad de poder volver a casa e intentar cruzar el estrecho rumbo a una vida más placentera, o jugármela atravesando los hielos polares con destino a Norteamérica

- 1 minuto para lanzamiento -

De repente me invadió una sensación de paz. Supongo que había hecho las paces conmigo mismo, con todos los errores de mi pasado y asumía que yo era tan consecuencia de ellos como de mis aciertos. Me dispuse a encarar mi destino, fijando la vista en sus ojos, sin apartar la mirada. Llegaba a Böhr, un planeta que sólo conocía por leyendas y habladurías, sin saber que iba a impregnarme de su aroma acre, de sus atardeceres púrpuras y de sus mitos. Sin saber que íbamos a ser parte de la historia.

-10... 9... 8... 7... -

Dirigí una última mirada a la nave a través de la pequeña mirilla que había sobre mí. Parecía colgar sobre mi cabeza, fría, gris, carente de emociones, sólo un pedazo de metal en la inmensidad del cosmos. Mire a mis pies. Otra mirilla me mostraba los remolinos de nubes de la superficie de Böhr, sus océanos, sus continentes de color púrpura, salpicados de volcanes como acné en la cara de un adolescente.

-3... 2... 1... 0... -