El caso es que siempre fui a mi aire. Nunca me afilié a ninguna de las abundantes bandas de matones. Eso no quiere decir que fuera ningún santo. Me dedicaba a lo mismo que ellos, trapicheo de drogas, algún robo, e incluso llegué a controlar a un par de fulanas orientales en los buenos tiempos. Lo que me diferenciaba de aquellos esperpentos tatuados eran dos cosas. Yo no me colocaba, o al menos no estaba colocado todo el día, y no recibía órdenes de nadie.
He dicho que no apreciaba a mis compañeros, no que no los echara de menos. Por lo general, las misiones de reconocimiento (yo prefería el término intrusión), eran de cuatro miembros con funciones bien definidas. Uno encargado de la vigilancia, completamente centrado en esa tarea, otro para proteger el flanco derecho, el tercero para hacer lo propio en el flanco izquierdo y el último vigilando la retaguardia. Yo tenía que haber estado ese día vigilando la retaguardia, y nadie lo hacía por mí, lo que me hacía estar expuesto. Por supuesto, me había escondido, camuflándome con el entorno, pero cualquier patrulla nativa que me detectara, podría haberme cercado con toda la tranquilidad del mundo en la loma en la que me afanaba en grabar, registrar y etiquetar todos y cada uno de los movimientos de la base nativa que acababa de descubrir. Era un blanco fácil.
Hay que reconocer que con el tiempo no he dejado de sorprenderme de las habilidades en el camuflaje de los nativos de Böhr. El satélite había detectado trazas de energía, pero nada más, y yo tenía enfrente de mí probablemente una de las principales bases militares que los secesionistas tenían en Böhr. El truco era tan ingenioso como sencillo. La base estaba en el fondo de un valle, rodeado de escarpadas crespas. Numerosos espejos, sujetos sobre postes y dispersos por toda la instalación, reflejaban las paredes de las montañas hacia el cielo. Podía imaginarme a los nativos colcando los espejos y trabajando tranquilamente bajo ellos a salvo de las miradas de los satélites. Por otra parte, el viento corría, por algún fenómeno atmosférico que no llegué a entender, a lo largo de todo el valle, disipando el calor de los edificios. Sin duda, la conjunción del paso de una sonda orbital y que aquel viento hubiera dejado de soplar, había sido lo que había permitido detectar la traza de calor que me había llevado hasta allí.
Fue más o menos hacia el mediodía cuando todo empezó. Si se le pregunta a cualquiera que estuviera en Böhr aquel día, podrá decirle exactamente que estaba haciendo y con quien. Yo lo narraré desde mi privilegiado punto de vista.
Casi estaba pensando en retirarme hacia una posición más resguardada cuando un objeto me sobresaltó al tiempo que pasaba sobre mi cabeza. Lo que quiera que fuera, atravesó el cenit de este a oeste, dejando a su paso un ruido ensordecedor y una estela negra en como si fuera polvo en suspensión .
- Joder.- exclamé. Nunca había visto nada así.
Desde luego era un descenso y era controlado, quizás alguna cápsula con un buen ángulo de entrada. Pero había algo extraño. La estela no se disipaba como habría hecho de ser una cápsula o un meteorito. Parecía como si de algún modo, alguien con un pincel hubiera trazado una línea negra en el cielo. El segundo estruendo fue aún mayor; el tercero algo más ligero; de los demás no me acuerdo, pero se que al cabo de unos minutos, el sol se había oscurecido, oculto bajo cientos o miles de líneas oscuras en el firmamento, sumiendo el valle en una luz crepúscular mientras seguía escuchando más y más de aquellos fenómenos.
La base que estaba espiando bullía de actividad. Estaban nerviosos, y no era para menos. Al poco de que comenzara aquel fenómeno, había intentado ponerme en contacto con Nido Madre infructuosamente. Algo, probablemente de aquella ceniza en suspensión que ahora cubría todo el cielo, estaba bloqueando las comunicaciones.
En aquel momento los vi. Aun después de tanto tiempo, con mi memoria de aquellos días confundida, sigo estremeciéndome pero no acierto a describirlos. Surgieron de todas partes. No se como llegaron, tal vez transportados en aquellas cosas que seguían cruzando el cielo, rompiendo la barrera del sonido una y otra vez y contribuyendo con sus estelas negras a dejar un regero mortuorio en la bóveda celeste. Los vi. Sostenían su cuerpo cilíndrico sobre sus cuatro patas traseras. De los laterales de aquel cilindro que suponía era su cuerpo, surgían tres apéndices a modo de brazos. En total siete miembros de los cuales usaban cuatro para desplazarse y tres para sostener lo que a primera vista me pareció un instrumento musical, algo parecido a una tuba.
Yo seguía grabando. Los habitantes, perplejos retrocedían hacia el interior de la base y algunos soldados secesionistas levantaron sus armas. Fue lo último que hicieron. De la boca de las tubas (dejénme que le siga llamando así) surgió algún tipo de materia incandescente, plasma, según supe más adelante, que los vaporizó, y así levantando una y otra vez aquel instrumento de muerte, empezaron a quemar, incinerar, y destruir todo a su paso. Los soldados secesionistas, trataron de organizarse, e incluso llegaron a lanzar fuego de artillería reventando a algunas de aquellas cosas, pero aun así, continuaban avanzando entre los edificios de la base, ahora en llamas, desparramando muerte y destrucción.
Yo perplejo, asistía atónito en primera fila a aquel espectáculo sin ser capaz de dejar de registrar todo lo que sucedía. Un zumbido en mi mente me previno de que dejara de mirar por el objetivo de la grabadora y vigilara mi retaguardia. Un número ingente de aquellas cosas estaban parapetadas en la ladera abajo, al otro lado. Sin duda, no me habían visto, camuflado como estaba en el entorno, pero estaba claro que habían dejado la ladera sobre la que me encontraba realizando todas mis observaciones como vía de escape para los desdichados que, ya en gran número, comenzaba a subir huyendo de una muerte segura sin saber que al otro lado del valle, les esperaban más de aquellas criaturas. Desde luego, fuera quien fuera el que hubiese organizado aquello, les estaban dando duro.
Me sorprendió ver un grupo de soldados que se parapetaban, sabiendo que no tenían ninguna oportunidad, para hacer frente a la marea que formaban aquellos seres. Al poco descubrí que su sacrificio era para dar una oportunidad a un grupo numeroso de civiles que desesperadamente trataban de subir por la ladera. No pudieron oponer mucha resistencia, pero si la suficiente como para que aquella gente pudiera tratar de ascender a lo alto de la colina en la que me encontraba. Ancianos, mujeres con niños en brazos, todos ellos fueron sistemáticamente masacrados mientras trataban de alcanzar la seguridad, sin saber que aunque consiguieran pasar, al otro lado les estaban esperando.
Mi radio, muda hasta ese momento, empezó a rugir. Ya estaba claro que no eramos nosotros quienes les atacaban, y empezaron a pedir ayuda en todas las bandas sin codificar que mi computadora sintonizaba. Pedían ayuda a quien pudiera dársela... incluso a nosotros, la infantería colonial, sus enemigos.
No pude resistirlo. Nunca he sido un héroe, pero en aquel momento, me cercioré de que me unía a aquellos civiles el sentimiento de pertenencia a la raza humana, porque si algo tenía claro, es que no era humano lo que quisiera que andaba sembrando tal destrucción. Baje por la ladera, gritando a todo el mundo que no fueran en aquella dirección, que era una trampa, pero nadie me escuchaba. Pertrechado en mi armadura, rodeado de cientos de civiles desesperados que trataban de subir hasta la cima, me sentía inútil gritando y vociferando.
Había sido un error. Había delatado mi posición. Quizás si me hubiera quedado occulto como estaba, todo habría pasado a mi alrededor mientras observaba, pero en aquel momento de confusión, no supe reaccionar correctamente. Ahora tenía frente a mí una de aquellas cosas que se habían quedado aisladas del grupo principal. Pude verla de cerca. Medía casi tres metros. No me lo pensé. Creo que no me había visto aún cuando levanté mi rifle y abrí fuego a bocajarro convirtiéndolo en puré. Era la primera vez que disparaba después del entrenamiento, pero comprobé que no lo había hecho nada mal. Mi primera ráfaga le cercenó uno de los apéndices con los que sostenía la tuba. Continué disparando mientras mi cinta de munición corría ligera hacia mi rifle salpicando todo a mi alrededor de casquillos. Rápidamente examiné mi situación. O escapaba ladera arriba con los civiles, o me enfrentaba a aquellas cosas. No se que me hice decantarme por lo segundo, quizás la sobreexcitación que me había producido destrozar a uno de ellos, pero fue lo que me probablemente me salvó la vida. Corrí hacia un grupo de soldados secesionistas sólo para ver como eran volatilizados cuando estaba a unos pocos metros. Algunos grupos intentaban organizarse, pero aquello era un caos. No se quien detonó un explosivo cerca de mí, o si era realmente una explosión intencionada, pero me hizo volar por los aires, y sólo la armadura me salvó de reventar en mil pedazos. Caí sobre mi hombro, magullado pero vivo, pero en ese momento, la pared de un edificio se vino encima mía.
No recuerdo más de aquel día...

