Había oído que la atmósfera de Böhr era perfectamente respirable, que estaba impregnada de un aroma característico. Ya se que tendría que haber realizado las lecturas de agentes patógenos y gases nocivos que me proporcionaban los sensores de la armadura, pero no lo hice. Simplemente pensé, que si había gente viviendo allí desde hacía años, el aire no podía ser malo.
Despegué las presas de mi casco, y pude escuchar el silbido que indicaba que la presión del aire de mi soporte vital se equilibraba con el exterior. Quizás fuera el tiempo que había estado encerrado respirando oxígeno radiado, deionizado y no se cuantas características físicas más. Aquello era aire de verdad y lo noté apenas despegué el casco de mi armadura. El olor era indescriptible. Yo había oído antes el de cada planera es característico, pero aquello era una sensación completamente nueva para mí. No era ni mucho menos dulce, más bien al contrario, tenía un fuerte componente acre, pero aunque resulte paradójico, no era desagradable. Por compararlo a algo, aunque sólo sea remotamente, era como comer comida con un ligero aderezo picante. Resultaba refrescante y delicioso como estar en una fábrica de productos mentolados debido, según parece, a unos organismos fototróficos similares a nuestras algas que poblaban el aire de Böhr.
Miré al horizonte. Apenas estaba comenzando a anochecer y me sentí cautivo del juego de luces y colores, del rojo al cobalto que se proyectaban sobre accidentes geográficos estrafalarios. Los restos de la cápsula estaban cerca de un roca en la cual, la erosión había perforado un túnel. Cerca de mí, había una torre de algo parecido al basalto que se retorcía en torno a sí misma y que se elevaba un centenar de metros. Otra, era un cubo apoyado en el suelo sobre uno de sus vértices como si alguien lo hubiera tallado. Si hubiera tenido tiempo, lo habría medido, porque estaba convencido de que los lados de sus arístas eran exáctamente iguales.
Así, en aquel paisaje surrealista, la estrella de Böhr, de un color ligeramente anaranjado comenzó a dibujar sombras que por momentos parecían vivas. Pensé en los amigos de la infancia, en mi hermana y desee que si seguían existiendo de alguna forma, estuvieran en un lugar parecido a ese.
Absorto en aquel fascinante espectáculo, casi ignoré los datos topográficos que estaban siendo descargados a mi computadora. Ahora, con la carga completa, tenía que centrarme en mi trabajo. Después de todo, no había cruzado la galaxia sólo para presenciar las maravillas de la creación. Me habían mandado a cumplir con una misión, así que volví a colocarme el casco para tener acceso a toda la información visual, no sin antes profanar una de esas rocas con mi navaja para dejar mi nombre y la fecha grabado para la posteridad.
En el visor de mi casco, podía ver un punto fijo en el horizonte al que apuntaba permanentemente una flecha con la palabra "checkpoint" escrita sobre él y un número, 35, escrito al lado. En aquel momento no sabía si era la distancio o algún otro parámetro geográfico, pero si sabía que tenía que dirigirme hacia allí. Me puse en marcha, con los últimos rayos de sol, no sin antes lanzar un último vistazo a la cápsula, que contaminaba con su fealdad aquella naturaleza virginal. Desee que la corrosión hiciera su trabajo y la conviertiera en polvo de óxido más pronto que tarde.
Cuando dicen que la armadura está autopropulsada, realmente lo que se quiere decir es que esfuerzo que el ocupante debe realizar se reduce considerablemente, aligerando la carga, o, como era mi caso, permitiendo al usuario llevar más de todo, aunque al final fuera la fuerza muscular la que llevaba a cabo la mayor parte del trabajo. Conmigo llevaba material para los cuatro miembros originales de la expedición. Una tienda que disimulaba nuestras marcas térmicas y se integraba con el paisaje, un par de cintas extras de munición, equipos de observación remota, sensores de movimiento para asegurar un perímetro, y así podría seguir un buen rato, pero el genio de la logística que me había enviado con esa colección de cachivaches y no había tenido en cuenta que los seres humanos tenemos la fea costumbre de comer, así que tras 6 horas de marcha, comencé a sentir hambre, sin tener más que unas barritas energéticas que llevarme a la boca. Al menos, tenía agua, pero empecé a temer que si por cualquier motivo se retrasaba la extracción, era posible que pudiera llegar a pasarlo muy mal, así que decidí racionar las barritas.
No tardé en darme cuenta que aquel "35", iba decreciendo a medida que me acercaba al punto de control. Ya no tenía duda de que era la distancia. Nadie se había molestado en contármelo pero yo era listo para esas cosas y pronto supe manejar la computadora para mostrar toda la información que quería. Así, pude proyectar un mapa de la zona. La cápsula había aterrizado (más bien se había estrellado) a casi tres centenares de kilómetros al sur de donde debía. Aunque en principio eso podía parecer una mala noticia, en realidad era buena. En lugar de observar la zona de actividad sospechosa, rodearla y continuar hacia el sur, me dirigía hacia el norte, y tras llevar a cabo la misión volvería sobre mis pasos al encuentro del equipo de extracción. De hecho, podía dejar equipo para recogerlo a la vuelta y así aligerar el peso.
Cada vez que llegaba a un checkpoint, me ponía brevemente en contacto con el mando de la misión para que me dijeran lo fantásticamente que estaba haciéndolo y lo mucho que de mí dependía en esos momentos el éxito de no se que operationes. Lo único importante que sacaba de aquellas conversaciones era el nuevo checkpoint. Lo demás era paja.
Al cabo de unas 14 horas, comenzó a amanecer. Había recorrido a buen paso casi la mitad del recorrido pero estaba agotado y tras notificarlo a mi superior, busqué un buen lugar donde plantar la tienda térmica. Dejé la caja que la contenía en el suelo, y pulsé el botón que la montaba automáticamente mientras buscaba zonas elevadas para colocar los sensores de perímetro. Los necesitaba. Nadie haría guardia por mí, seguía estando en una zona altamente hostil y ya no contaba con el engaño de la noche. La armadura estaba pensada como para no dejar traza energética que pudiera ser detectada por los visores nocturnos, pero a la luz del día, era fácil que se recalentara, y aunque se camuflaba con el entorno, no era complicado detectarla mediante visores infrarrojos. Por eso, en cualquier misión de infiltración, se aprovechaban las horas sin luz para moverse, y la luz natural para descansar.
Para cuando la tienda estuvo montada, yo ya había terminado de colocar los sensores. Descubrí una funcionalidad de la computadora que me alertaba con un zumbido en caso de que saltaran, lo que me permitió relajarme. Comí una barrita energética y me acomodé en el interior de la tienda sabiendo que era casi invisible desde el aire y que si alguien se acercaba, me despertaría. Así dormí unas diez horas. Para cuando desperté, la estrella de Böhr seguía estando en lo alto.
-Claro.- pensé.- Los días aquí duran 36 horas y estamos en verano.-
Comprobé la información topográfica de mi computadora de nuevo. Estaba cerca del punto de extracción. Resolví dejar una de las cintas de munición allí, la mitad del agua y casi todas las barritas así como la tienda y los sensores totalmente montados. El plan era el siguiente; llegaría al punto de observación antes de que amaneciera, tomaría todas la imágenes, los datos y lo que hiciera falta durante el día y esperaría la caída de la siguiente noche para volver. Iban a ser un buen montón de horas sin dormir, pero luego descansaría en este mismo punto hasta que el equipo de extracción me recogiera. En aquel momento me pareció fácil.
Nada parecía indicar que, no sólo mis planes, sino los de toda la raza humana estaban a punto de irse al carajo.
martes, 12 de enero de 2010
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